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Recuerdos de Bailando en Lughnasa

¿No os ha pasado nunca que un conocido de vuestra infancia por cuya descomunal estatura podríais haber puesto la mano en el fuego, sólo levanta del suelo medio palmo más que el común de los mortales cuando os reencontráis con él 20 años después? ¿O que una película que vosotros recordabais sobrecogedora, descacharrante o aterradora, resulta ser un plomazo incapaz de provocaros emoción alguna cuando algún canal se decide rescatarla del cajón recubierto de polvo del que nunca debió salir? Es más, siendo conocedora de la media de edad de los lectores de este blog, lanzo una pregunta inquietante que puede ser ilustrativa de lo que estoy hablando….¿habéis probado a sentaros un ratito frente a la tele a ver la reposición de algún capítulo de Campeones (Oliver y Benji)? ¡Pues deberíais si queréis descubrir como nuestra mente nos tiene cruelmente engañados!

Y es que los recuerdos, aquellas pequeñas cosas que decía Serrat, son sólo el fruto de nuestra percepción de un instante, de un lugar, de una situación, de una persona,…en definitiva, no tienen garantía de autenticidad absoluta. A eso hay que sumarle la complejidad del cerebro humano, que juega con nosotros al “teléfono escacharrado”, haciendo que cada evocación del recuerdo en cuestión, nos provoque ideas, sensaciones o sentimientos, que van distorsionando aquello que nosotros inicialmente percibimos como real.

Esto le pasaba al personaje de Bailando en Lughnasa que Raúl estuvo interpretando hasta hace bien poco en La Guindalera. Cuando Michael recuerda la vieja radio Marconi que puso sonido a su niñez, la represión religiosa a la que su familia estaba sometida, la simpática irrupción de su padre y de su tío en la tranquila vida familiar o la liberación de los instintos de sus tías a través de la música y el baile, es perfectamente consciente de haber incorporado material ilusorio a la construcción de sus memorias infantiles.

Ilustrativo de esto que os estoy contando, es el tráiler de la obra que La Guindalera pone a disposición de quien quiera verlo en su cuenta de Youtube, y que hoy nosotras os acercamos hasta el blog. Disfrutadlo.

Bailando en Lughnasa: el público opina

Hace unos días Raúl y La Guindalera ponían fin a otra de sus etapas de trabajo conjunto. Bailando en Lughnasa ha resultado ser tan satisfactoria como todas las obras teatrales bendecidas por actor y compañía, y eso se dejaba ver en las opiniones que los espectadores vertían sobre el montaje a través de la red.

Como ya hiciéramos con Molly Sweeney, hemos querido recoger los apuntes, sensaciones y reflexiones del respetable, para así acercar un poquito más la obra a todos aquellos que no hemos tenido la oportunidad de disfrutarla.

Hay muchos los aspectos de Bailando en Lughnasa que son una constante en las opiniones del público, pero si hay algo común a casi todas ellas es, sin duda, el soberbio trabajo llevado a cabo por el reparto.

Buenos actores y buena interpretación. Se nota la profesionalidad y el amor por el teatro. (Anónimo)

Todos los actores están soberbios, no sólo con el texto sino con los detalles, los gestos, la expresión. (Alejandro)

Sobre un espacio escénico pequeño y una escenografía simple, pero muy bien aprovechada, los/las actores/actrices nos hacen disfrutar con su dramaturgia. (Vicente)

Maravillosa interpretación de todos, especialmente de Juan Pastor, Yolanda Porras y Alex Tormo... Sin duda un excelente trabajo actoral y de puesta en escena, por los grandes del teatro. (Anónimo)

Destacan también las alabanzas al texto de Brien Friel, y al trabajo de La Guindalera tanto en cuestiones de adaptación, como en cuestiones de popularización de la obra de este célebre autor irlandés.

Muy recomendable para los amantes de textos llenos de matices, emociones y represión (Anónimo)

Me ha gustado mucho esta obra de Brian Frial en parte porque me había gustado hace año cuando la estudié en un curso de literatura anglo-irlandesa, y además por el valor de la representación que ha sido muy fiel al texto y en una buenísima traducción al español. (Giovanna)

El ciclo que Guindalera con Juan Pastor y su equipo han dedicado a Brian Friel mediante una trilogía de sus obras se merece todos los elogios desde cualquier punto de vista. Este autor casi desconocido y apenas publicado en España ha sido y es uno de los mejores y más reconocidos a nivel mundial. Con esta obra se cierra un círculo espléndido fruto de un gran trabajo (premiado merecidamente con el Ojo Crítico de RNE.) (Juan Carlos)


Cuando nos acercamos al contenido de la obra, los elogios se incrementan aún más si cabe. Es habitual que las opiniones de los espectadores vayan más allá de una simple crítica, y recojan las sensaciones personales que en ellos provocó la historia. Palabras como melancolía o nostalgia se repiten con frecuencia.

La obra representa con mucha ternura un tema trágico: la melancolía de lo que pudo ser y no fue. Todo ello entremezclado con conflictos de lo tradicional y el mundo moderno que llega de las manos de un escacharrado gramófono. (Anónimo)

Una gran carga de nostalgia impregna toda la obra (…) Me emocione y me divertí. (Anónimo)

Te transporta a la Irlanda de los años 30 con una atmósfera muy bien lograda y unos actores brillantes. Amor, represión, prejuicios, pobreza, melancolía... todo un conjunto de emociones difíciles de conseguir (Elena)

Hacía tiempo que no veía una obra de teatro y me atrapaba de tal forma que llegaba a olvidarme que estaba sentado en la butaca del teatro. (Alejandro)

La obra es larga pero se te hace corta. A mí me enterneció, me divirtió y me hizo pensar, todo lo que le pido a una buena obra teatral. La recomiendo vivamente. (Anónimo)

No es fácil pasar por La Guindalera y no caer en la cuenta del aura especial que rodea a esta compañía y de los esfuerzos que realiza por poner en marcha montajes siempre fieles a su modo único de hacer teatro, con un presupuesto bastante limitado.

Ver una obra como Bailando en Lughnasa es un auténtico placer. Verla por la compañía de teatro de La Guindalera es completamente sublime. Aparte de asegurar que allí se pasan las mejores sesiones teatrales que puedas tener a lo largo de tu vida, pues es un sitio cálido, familiar y con intención de interaccionar con el público y sus opiniones, lo cual, hoy en día es bastante de agradecer. Gracias por hacer teatro. (Anónimo)

Sorprende lo mucho que se puede hacer con un presupuesto limitado cuando se dispone de sensibilidad y buen gusto. El resultado es memorable: ¡Bravo por el equipo de la Sala La Guindalera, por su director, por sus actores y por el equipo técnico! (Anónimo)

Es un ejemplo de cómo se puede lograr un resultado artístico de gran nivel sin muchos medios. (Anónimo)

Y para terminar una crítica breve pero concisa, que sintetiza muy bien el sentir de la mayoría de espectadores de Bailando en Lughnasa, y que además es una verdad extrapolable a cualquier otro ámbito. Sabias palabra de un espectador de la obra.

Cuando el trabajo está bien hecho, da gusto. (Anónimo)

Bailando en Lughnasa: Represión y catarsis

Siguen apareciendo en los periódicos referencias varias a Bailando en Lughnasa. Hoy os traemos una que el periódico El Mundo publicó el pasado 4 de marzo realizada por Javier Villán. Hay alabanzas para todos los actores del montaje, incluido por supuesto nuestro Raúl Fernández.


Dos mundos; uno que se quiebra y otro que nace. De ese choque nace el dramatismo de esta obra. Y un eje conductor: la memoria de un hombre, Michael, que recuerda el hundimiento de una familia, víctima de un nuevo mundo. Hay un clima de alegría, de fuerza vital, en esas mujeres tiranizadas por la represión ambiental; toda la fuerza emotiva, sentimental, sexual que tienen represada estalla a veces en bailes frenéticos, como una catarsis liberadora.

El contrapunto de estas tensiones es Gerry, un vivalavirgen que acabará en las Brigadas Internacionales en España, y un cura católico practicante de otros ritos. Contrasta esta vitalidad desbordante de las mujeres, incluso en la hermana represora, con el desguace de la familia, que va narrando Michael (Raúl Fernández), el hijo de Cris, desde remotos y melancólicos tiempos.

Esta narración es la columna vertebral de un modo de hacer teatro de Juan Pastor en el que palabra y espacio confluyen en un lugar imaginario y, sin embargo, tangible. El desdoblamiento del narrador en un hombre adulto y en el niño de sus recuerdos, es la verdadera sustancia de una estilística teatral pura e imaginativa: el diálogo con el recuerdo, la suplantación de la realidad a través de un espacio imaginado.

El espacio de Michael, sensibilísimo Raúl Fernández, es otro espacio: su presente y su pasado; al otro lado, está el espacio real, el de las tensiones entre las mujeres, una moralidad opresiva y una vida desdichada que niegan con sus bailes y sus deseos.

Esa potencial vital de las hermanas, la amenaza de un mundo nuevo que acabará por aniquilar la unidad familiar, requiere un gran despliegue actoral, una fuerza expresiva empezando por el propio Juan Pastor, que en Carmen Gutiérrez, Rose la deficiente y en María Pastor, la madre soltera de Michael, alcanza límites extraordinarios; en Gutiérrez por el desgarro, las iluminaciones lúcidas y la rebeldía; en Pastor por la dulzura de una enamorada siempre embaucada por su amado, Gerry: irresistible Álex Tormó en su papel de golfo simpático. El torbellino alegre de Elia Muñoz en Maggie, la dureza amarga de Victoria del Vera en Kate y la resignada ternura de Yolanda Robles en Agnes completan una interpretación sobresaliente.

Bailando en Lughnasa
es una obra de memoria histórica y de actrices: en ambas cosas el equipo de Juan Pastor alcanza la excelencia.

Si después de leer esto no queréis perdérosla por nada del mundo, tenéis que daros prisa, porque el 14 de marzo las representaciones de Bailando en Lughnasa tocan a su fin. ¡Ya sólo os quedan 3 días! ;)

Teatro de verdad, por Sergio Díaz

Todas las críticas paridas tras la visita a la Guindalera contienen puntos comunes, siempre fascinan al que las ve. "Bailando en Lughnasa" no ha perdido ni un ápice de esa capacidad, que antes ya demostraron "Molly Sweeney", "Traición" o "En torno a la gaviota". Sergio Díaz esbozó una crónica breve pero intensísima sobre la obra allá por el mes de Diciembre. No os la perdáis.
Nunca he creído demasiado en los premios (quizás porque nunca me han dado ninguno). Pienso que suelen concederse en base a ciertos intereses ocultos que no llego a comprender. Sin embargo, creo que voy a ir empezando a cambiar de opinión, porque no creo que haya un premio más merecido que el que le han otorgado a la Sala Guindalera. Acaba de recibir el Premio Ojo Crítico de Teatro 2009 que otorga RNE “por desarrollar un proyecto teatral sólido y de calidad” y por “su apuesta por los autores renovadores, su carácter pedagógico y formativo”. Y no puedo estar más de acuerdo.

Esta sala que se encuentra alejada del circuito donde se concentra el ocio en esta ciudad. Esta sala pequeña, íntima, familiar, que apuesta por ese teatro en el que prima la interpretación por encima de trucos efectistas, que es el sueño de dos personas históricas de la escena teatral madrileña (Teresa Valentín y Juan Pastor), que es cantera de jóvenes y talentosos actores, que vincula y envuelve a un barrio mítico madrileño... esta sala ha visto por fin reconocida su labor tras tantos años de esfuerzo, y sin duda se lo merecen.

Y para que no sean sólo palabras, aquí van hechos, ya que estrenan durante las Navidades esta obra de uno de los dramaturgos contemporáneos más importantes de la escena mundial, el irlandés Brian Fiel. Bailando en Lughnasa es su obra maestra, y es un texto que evoca un paisaje interior de un grupo de personas atrapadas en problemas domésticos, delatando la necesidad del ser humano de mantener, ante el desarraigo, unos lazos vitales con el pasado, pero al mismo tiempo la necesidad que tiene el individuo de liberarse de ataduras de un pasado que pueda aprisionarle. Protagonizada por el televisivo Raúl Fernández y la premiada María Pastor (ambos salidos de la escuela formativa del Guindalera), esta obra es un ejemplo más de lo que se puede disfrutar si acudes aquí: Teatro de verdad. Gracias a ellos yo he vuelto a creer, en los premios... y en el Teatro.

Sergio Díaz
Fuente

Más "Bailando en Lughnasa" y una crónica sin desperdicio.

Quizá sea un atrevimiento decir que éste ha sido el año de la Guindalera. Lo es, ya que la compañía lleva años trabajando y recibiendo, casi instantáneamente, los frutos sembrados: el cariño del público, la fidelidad al espíritu humilde de la sala. Pero ahora más que nunca, el trabajo de Juan Pastor y su gente empieza a estar en boca de todos.

Según La guía del ocio y su crítico, P.J.L. Domínguez, "Bailando en Lughnasa" es el segundo mejor espectáculo que puede verse ahora mismo en Madrid, tras el espectacular "Chicago" protagonizado por Natalia Millán. Todos los periódicos de primera línea, ABC, El País, El Mundo, se han hecho eco de lo especial del montaje, como ya ocurrió con "Molly Sweeney".

Quizá por ello, y por la inagotable asistencia de público, la obra se prorroga, por el momento, hasta el 14 de Marzo de 2010. Si aún no habéis tenido el placer de poner los pies en ese lugar, es vuestro momento.

Acompañamos esta entrada, y tan gratas noticias, con la crónica de un espectador y crítico, Juan Sin Credo, que os encantará leer. Una crítica que abarca todos los aspectos de "Bailando en Lughnasa", de las más completas y objetivas que hemos tenido la oportunidad de leer. No os la perdáis, porque tras su lectura, aumentarán aún más, si eso es posible, vuestras ganas de visionar semejante espectáculo.
Científicos futuristas machacaban parpadeantes los leds de la pantalla de aviso de nuestra Central de Alarmas. El mensaje provenía de la ciudad de Ballybeg, perteneciente al condado de Donegal, en la lejana y católica Irlanda. En seguida nos pusimos en marcha con toda nuestra parafernalia técnica de medidores de frecuencia. En un santiamén aterrizamos con una de nuestras naves intertemporales en la verde campiña irlandesa, aproximadamente a primeros de agosto de 1936. Mes elegido, según la tradición celta, para celebrar la fiesta de la Lughnasa.

El misterio del asunto venía provocado por una vetusta radio Marconi que, debido a unas graves interferencias, lanzaba unos extraños mensajes incomprensibles, mitad en gaélico, mitad en castellano. Para subsanar el problema del idioma irlandés, tuvimos que contar con la presencia de nuestro querido y añorado Marcos Byth Dha Honen. El resto ya lo solucionamos nosotros. ¡Cómo no! No podía ser de otra manera. Nos encontramos con otro documento de nuestro idolatrado nihilista cartesiano Juan sin Credo.

Dicho texto se refería a la obra maestra del reciente octogenario Brian Friel, Bailando en Lughanasa, bajo la dirección de Juan Pastor en la Sala la Guindalera, con fecha de 12 de diciembre del 2009 a las 20:00 horas. Al no querer retardar apenas una consonante de las palabras de nuestro tan denostado crítico, arrojamos su hilarante pensamiento para regocijo de sus únicos y fieles lectores.

Había dejado reservadas dos entradas de precio reducido, motivo por el que llegué a la taquilla con una hora de antelación. Me tocó esperar a mi amiga Zeniala Volvoreta en el bar que está al lado del teatro, en donde ponen las cortezas más resecas de toda la cristiandad. Allí estuvo Teresa Valentín hablando con unas amigas que ya habían visto el montaje por los años del Pradillo. Vino Zeniala, entramos con el tiempo justo y tuvimos que sentarnos al pie de escenario, en el banco que se encuentra cerca de la entrada.

Tal espacio se dividirá en dos partes, una exterior -el jardín donde el pequeño Michael jugará con sus horrorosas cometas- y otra interior -la casa de las hermanas Mundy- lugar en el cual ocurren la mayoría de las escenas. Un hogar cálido, donde predomina la madera; mesas y sillas de cocina. Además de la intermitente radio Marconi, el artilugio de la modernidad que vertebrará, con sus numerosas canciones, el hilo narrativo del recuerdo del protagonista.

Por tanto, dos planos, el actual, relatado por Michael, y el de la memoria, centrado en los acontecimientos previos a la desmembración de su familia, justo a principios de agosto de 1936, cuando se celebra la fiesta de la Lughnasa. La pieza se abre y se cierra con la melodía del tema Morning has broken de Yusuf Islam. Otros importantes hitos musicales, que podemos destacar dentro de la puesta en escena, son las realizadas por Josephine Bater, Edith Piaf y Ella Fitzgerald, así como la música folclórica irlandesa. La coreografía de alguna de estas canciones marcará el momento culminante de tensión dramática de la pieza. Es digno de reseñar la escena en la que están todas las mujeres bailando, presas de la emoción, por la idea de poder asistir a Lughansa hasta que se estropea la radio y se quedan vacías, hundidas, huecas.

Ya hemos hablado del decorado y de la importante ambientación musical de la obra. El vestuario es gris, monótono, pobre. Destacan las grandes botas de tres de las actrices, que les sirve para zapatear en la pequeña tarima de madera de la zona interior. El vestuario del padre Jack es más variado, sobre todo en sus enormes chaquetas de lana. Michael viste un elegante traje de pana y el vestuario de Gerry es más vistoso y colorido.

Del elenco sólo se puede hablar maravillas. El trabajo del grupo actoral está muy elaborado y el espectador se deleita en la contemplación de esas vidas ilusorias expuestas a los ojos de una ficción que se transforman en unas figuras sensibles, humanas, repletas de realidad. Para mi gusto es quizás la figura de Gerry Evans, Álex Tormo, la que desentona, levemente, el tono realista propuesto por el resto de actores.

Poco he de decir de la profesionalidad de Juan Pastor, que desempeña el papel de Padre Jack, y del televisivo, Raúl Fernández, Michael, sino que, junto a mi admirada, María Pastor, que protagoniza el papel de Cris, son la columna vertebral de la obra. Juan por su presencia en escena, Raúl por su torrente de voz melódica y María, por su sencillez y su fuerza escénica, destacan y arrastran al resto del grupo.

Aún así, no hay que echar de menos a las demás actrices del reparto. Personalmente, me quedo con Kate, Victoria dal Vera. Su papel de hermana mayor -frustrada por toda una serie de complejos provenientes del choque entre la realidad moral y sus deseos y pasiones que la convierten en una amargada- está realizado de una manera magistral. Por otro lado Maggie, Agnes y Rose, Elia Muñoz, Yolanda Robles y Carmen Gutiérrez respectivamente, también tienen su peso específico dentro de la obra.

En definitiva, una bonita historia que colma las expectativas de un espectador que va al teatro con el fin de pasar un rato agradable sin experimentos ni estridencias. Una puesta en escena donde el baile supone una liberación de las pasiones ocultas y que permite el paso al desahogo de un dolor presente y a otro mayor que se sospecha venidero.

Dicen que Zeniala Volvoreta y Juan sin Credo salieron satisfechos y fueron a cenar a una taberna de los alrededores, donde, más tarde, se encontraron con el grupo de actores. Dicen que Juan sin Credo mostró su agradecimiento a la sonrisa de María Pastor y a la simpatía de Raúl Fernández. Dicen que Zeniala Volvoreta y Juan sin Credo se marcharon a bailar, descubriendo un mundo que ya no les pertenecía. Dicen que Juan sin Credo dijo: -Será que me estoy convirtiendo en un clásico.

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Nicole en "Bailando en Lughnasa" (II)

Lo prometido es deuda, así que raudas y veloces subimos la segunda parte de la crónica de la visita de Nicole a La Guindalera, centrada sobre todo en los minutos de conversación con Raúl. Si os gustó la anterior entrada, no os podéis perder su continuación por nada del mundo ;)

El Postre

Es al parecer una costumbre de La Guindalera invitar a sus espectadores a un chupito de… pues no estoy segura de qué licor se trataba pero estaba delicioso y mezclado con analgésicos consigue incluso eliminar por completo cualquier inhibición que una persona madura y cuerda pueda tener.

Lo que paso a continuación lo recuerdo como una serie de escenas borrosas en mi mente. Daniela y yo vimos a Raúl hablando con un grupo de gente en el otro extremo de la sala de espera (que estaba abarrotada de gente hablando y bebiendo ese licor mágico). Nos fuimos acercando poco a poco, mientras mi cerebro debatía como entablar una conversación.

¿Debería llamarle Raúl a secas? A lo mejor Sr. Fernández era más apropiado. Después de todo, no me conocía de nada. ¿Sr. Fernández de Pablo? No, demasiado largo…

Cuando de pronto se da la vuelta y me topo con esos ojos enormes color miel mirándome con lo que puedo recordar (o mas bien interpretar) como ligera curiosidad. Mi boca, ignorando el cacao mental dentro de mi cabeza, suelta un alegre “!Hola Raúl!” A lo que él responde con otro “hola” amable y cortés.

Y la cosa se estancó ahí durante un par de vacíos (y largos) segundos en los que mi mente se quedó totalmente en blanco.

¡Joder, Nicole, di algo! ¡Lo que sea!

Fue entonces cuando percibí un sutil cambio en su mirada, como si hubiese caído en la cuenta de qué era lo que estaba sucediendo: “!Ahá! El Internado”. (Of course!)

Aun no sé cómo conseguí desbloquear mi mente y formar una frase coherente, pero creo que le dije que frecuentaba su blog, que volvía a EEUU el sábado, y que no podía pasarme por Madrid sin ver una obra de La Guindalera (bueno, que las chicas del blog me desterraban directamente). Los labios de Raúl formaron una sonrisa torcida, y estoy segura de que dijo algo al respecto, pero entre el chupito mágico y las aspirinas, mi cabeza no terminó de registrarlo para la posteridad.

El caso es que después de ese breve momento de incertidumbre, la conversación fluyó de lo más normal, como si nos conociésemos de toda la vida. Hablamos de Molly Sweeney y se acordaba perfectamente de las chicas del blog y su visita a la sala. Comentamos Bailando en Lughnasa, y dijo que era la última obra en la que participaría con La Guindalera este año. Me dio la sensación de que estaba ilusionado con sus nuevos proyectos.

Honestamente a mí no me pareció tan tímido como hemos comentado, incluso diría que se le veía bastante a gusto hablando con nosotras (y otra gente) después de la obra. De hecho, no sé cómo hizo para darle la vuelta a la tortilla, pero terminó sabiendo él más de mí que yo de él (¡y con todas las preguntas que pululaban por mi mente!).

Todo empezó cuando le dije que me había encantado la sala, y que no tengo acceso a este tipo de experiencias donde vivo.

Raúl: “Pero allí sí hay buen teatro, ¿no?”

Nicole: “Sí, bueno, esta Broadway, pero en Nueva York.”

Raúl: “¿Y tú dónde vives?

Nicole: “¿Yo? En Florida.”

Raúl: “¿Y que has venido, a visitar a amistades?”

Nicole: “Familiares. La mitad de mi familia vive en Málaga.”

Raúl: (algo confuso) “¿Entonces tú de dónde eres?

Nicole: “Yo es que nací en Madrid…”

Un hombre del grupo de al lado se da la vuelta, nos interrumpe, le comenta algo y se pasan hablando unos segundos. Yo me vuelvo hacia Daniela encogiéndome de hombros pensando que nuestro encuentro con Raúl ha llegado a su fin y que sólo nos queda despedirnos (por educación, mas que nada). Pero ella insiste en que nos quedemos porque le dio la impresión de que Raúl estaba disfrutando con nuestra charla. A mi me gustaría creer que de verdad ese fue el caso.

Y tras ese breve inciso, Raúl se volvió a dar la vuelta y continuamos hablando como si nada. Hubo un momento en el que dije una parida de las mías (de la cual ni me acuerdo), y Raúl soltó una leve carcajada. Entonces aproveché el momento para intentar conseguir mi primera exclusiva Fermaria.

Nicole: “Por cierto, esta temporada de El Internado ¿nos gustará a las Fermarias?”

Raúl: “¿A las Fermarias? Fermarias, Fermarías, cómo es?

Nicole: “¡Buah, yo que sé! Yo digo Fermarias. ¿Cómo lo ves?”

Raúl: (desvía la mirada hacia arriba con un suspiro y casi puedo detectar la aceleración de sus neuronas para ver qué es lo que puede decir o lo que se debe callar) “Esta temporada. . . “ (otro suspiro, se cruza de brazos todavía pensativo.)

En realidad la expresión en su rostro lo decía todo. Su mueca de “a ver cómo le digo yo esto a estas pobres chicas” casi me hace soltar una carcajada.

Nicole: “Si no puedes desvelar nada, lo entiendo.”

Raúl: “Sí, claro, es que nos lo tienen super-prohibido.” (Pausa. Larga pausa) “Yo creo que va a haber un cierto… uhm, descontento.”

Yo no dije nada en el momento, pero Raúl, al ver la cara de absoluta decepción que llevaría puesta, se apresuró a explicar que al principio el tema de Fermín y María estaba en un primer plano mucho más, y que ahora iba a ser la trama policial (o de investigación) la que iba a cobrar mas protagonismo.

O sea, que lo llevamos igual de crudo las Fermarias que las Fermarías.

Para finalizar nuestro encuentro (y no darle mas la vara), le pedimos si le importaba hacerse unas fotos con nosotras. Mientras Daniela tomaba la foto, Raúl hizo el peculiar comentario de lo chula que era mi cámara. Yo le comenté que era baratilla, y creo que mi cámara me hizo un corte de manga por el comentario y sacó la foto mal y roja.

A esas alturas entre el chupito mágico, el efecto aspirina, el torbellino de feromonas y el cansancio del viaje me entró un ataque de Parkinson’s a la hora de sacarle la foto a Dani con él, que casi tuve que sujetarme la muñeca con la otra mano. Y yo me hubiese auto convencido de que nadie se había dado cuenta, de no ser por el comentario de Daniela algo mas tarde extrañándola que la foto no hubiese salido movida con tanto meneo.

En fin, que cuando por fin nos despedimos de Raúl ya apenas quedaba nadie en la sala de espera. Y, justo antes de cruzar la puerta hacia el frío del corredor exterior, me vuelvo y le deseo un feliz cumpleaños (aunque todavía faltasen tres días). Él me da las gracias (algo extrañado) con una sonrisa y un hombre que había a su lado le pregunta: “¿Es tu cumpleaños?” “Hoy no,” oigo como contesta Raúl.

El aire de Madrid se presenta gélido en enero, pero por primera vez desde hacía bastante tiempo siento como mis pulmones se llenan de oxigeno (o algo parecido). Daniela y yo comenzamos a caminar calle abajo sin prisa alguna. La oigo refunfuñar a mi lado, fastidiada por algo.

Daniela: “¡Joder, Nicky! Tu foto con Raúl ha salido fatal. Tenemos que volver y pedirle otra.”

Nicole: (incrédula) “Pero tía, ¿Cómo vamos a volver para pedirle otra foto? ¡Ni de coña!”

Daniela: “¡Que sí! ¡Que es para el blog! ¡Hay que volver!”

Nicole: “Tu estas loc—“

Pero Dani ya había emprendido una apresurada carrera de vuelta hacia La Guindalera y no tuve más remedio que salir corriendo detrás de ella. Atravesamos el umbral jadeando, y nos topamos con una señora que estoy convencida era la esposa de Juan Pastor rodeada por tres de las actrices de la obra que acabábamos de ver. Os podéis imaginar el panorama cuando les explicamos a lo que habíamos venido.

El caso es que consiguen sacar a Raúl de su madriguera (creo que en el teatro lo llaman “la sala verde”, o por lo menos en USA lo llaman “green room”) y no pareció importarle un segundo intento para que mi cámara se portase un poco mejor que Marconi.

¡Pues no hubo forma! Mas tarde, y una vez que mi cerebro se dignó a cooperar un poco más, caí en la cuenta de que estaba haciendo fotos en panorámica exterior, en vez de retrato de noche. Y el resultado fue el desastre de foto con el que terminé.

Dani: “!Buah, ha vuelto a salir roja!”

Raúl: (echándole un vistazo a la que le hice con Dani) “Y esta ha salido como quemada.”

Nicole: “Pues debe ser el flash.”

Claro que ese recuerdo de tener a Raúl a un lado y a Dani al otro mientras los tres revisábamos la calidad pésima de las fotos vale más que la foto perfecta.

No recuerdo como nos despedimos la segunda vez, pero recuerdo que la sonrisa de oreja a oreja que llevábamos puesta nos duro el resto de la velada. Por fin había conseguido desconectar, y sólo necesité de una obra de teatro magnifica y un actor encantador para conseguirlo.

Bueno, el chupito mágico también ayudó en algo… ;-)

Nicole en "Bailando en Lughnasa" (I)

No es la primera crónica sobre "Bailando en Lughnasa" que subimos al blog. Todas y cada una de las que nos llegan tienen algo especial que las hace distintas. Esta no lo es menos. Porque además, viene de la mano de alguien que ya conocemos y que se ha cruzado el charco para ver a Raúl (entre otros menesteres). Así fue el encuentro de nuestra Nicole con "Bailando en Lughnasa".

El Ave llegó a la estación de Atocha y un Madrid gris nos recibió envolviéndonos en revoltosos copos de nieve. La ciudad seguía tal y como la recordaba: ruidosa, ajetreada… viva. El bofetón de nostalgia fue tan inesperado que no estaba muy segura si las lágrimas fueron causadas por el intenso frío, o la emoción, igual de intensa, de volver a ver “mi ciudad”.

Pero esta vez mi visita, aunque breve, consistía en hacer realidad un pequeño sueño que no podía pasar por alto: visitar la sala de La Guindalera y ver a Raúl Fernández en “su salsa”. Y, si fue su personaje en El Internado el que introdujo ese gusanillo de curiosidad y admiración hacia el actor, ver su interpretación sobre las tablas fue lo que terminó por cautivarme.

El Aperitivo

El portal podría haber pasado desapercibido entre tantos otros de la calle Martínez Izquierdo. Daniela (amiga del alma de una vida ya demasiado lejana) y yo, cruzamos el portal y recorrimos un largo pasillo hasta llegar a la entrada/recepción/sala de espera donde un muchacho latino muy agradable canjeó nuestras entradas provisionales, por las de verdad (una transacción bastante curiosa, y en la que no entraré en detalle o esto se va a alargar la tira). El caso es que me doy la vuelta y veo a Daniela con una sonrisa de oreja a oreja, se acerca a mi lado y susurra: “Acaba de pasar Raúl detrás tuya y no te has dado ni cuenta. Parece bastante tímido.”

Cierto es que mi mente aquella noche estaba plagada de mil y una cosas que nada tenían que ver con la obra de teatro, La Guindalera, o Raúl, pero aun así, fue un chasco perderme el momento “entrada de nuestro chico por la puerta principal”. Y, como todavía faltaba una hora para que empezase la función, decidimos ir a un bar cercano a tomar algo, charlar y lograr desconectar un poco de todas aquellas pequeñas gilipolleces que consiguen invadir tu mente y terminan por agobiarte.

Intento fallido, por cierto.

El Plato Fuerte

La sala era tan acogedora como ya la habíais descrito por el blog. Las aspirinas que me había tomado hacía apenas media hora comenzaban a hacer efecto. La gente entraba pausadamente entre respetuosos murmullos. Ya sentada en mi butaca (super-cómoda, por cierto), observaba el desfile de espectadores, el escenario inerte, los focos del techo, el fondo negro, hasta que mi mente enviciada volvió a las andadas y se negó a dar tregua a todo aquello que prometí olvidar durante esas dos horas en el teatro. Tan lejos estaba de la sala, que me sorprendió ver al personaje de Michael cruzar el escenario con una pícara sonrisa.

Comenzó a hablar dirigiéndose hacia el público en su papel de narrador. Su voz era firme y suave al mismo tiempo, alegre y nostálgica, serena e intensa, con esa inflexión y entonación que dan vida a emociones que tan sólo los grandes actores logran transmitir. En su relato, Michael no dudaba en buscar los ojos del espectador, establecer contacto con cada uno de nosotros. Y, aunque estuviese mirando al señor calvo a mi lado, o a la señora del perfume de frutas sentada detrás de mí, yo me daba por aludida igualmente. Porque había conseguido sellar ese vínculo entre el actor y el espectador en el momento en que pisó el escenario.

La luz del teatro iluminó la cocina donde transcurre la obra. Se basa en la vida de cinco hermanas atropelladas por la revolución industrial en la Irlanda de los años 30. Marconi, la protagonista principal en mi humilde opinión, es una radio con voluntad propia que llega a aliviar muchas de sus inquietudes cuando les deleita con su alegre música y a causar otro puñado de frustraciones con su volátil temperamento cuando decide dejar de funcionar.

Lo gracioso es que uno consigue identificarse con todos los personajes de la obra, con sus fallos y excentricidades. Yo me vi reflejada en algún que otro momento con todas y cada una de las hermanas, con Michael, y con el Padre Jack que vuelve de Uganda y su idioma natal le resulta extraño y ajeno, soltando palabrejas que no existen y dudando de las que le suenan raras, como “regañar”. Puede que sea por eso que yo me identificase más con él que con el resto.

Been there, done that.

Desde luego la interpretación de Juan Pastor fue insuperable, ¡menudo pedazo de actor! De las hermanas me encantó también la interpretación de Victoria de la Vera en el papel de Kate. Pero es que todos encarnaron a los personajes de forma tan alucinante, que me dejaron francamente fascinada.

Las dos horas se pasaron volando, dejaron un sabor de tristeza y angustia al final de la historia. Supongo que Brian Friel no creía mucho en finales felices.

La sala eructó en un rugido de aplausos y los actores salieron a saludar. Raúl aun llevaba las gafas de Michael puestas, y parecían molestarle, ya que se las quitó, frunció el ceño y parpadeó un par de veces antes de guardárselas en el bolsillo. Salieron tres veces al escenario hasta que los aplausos se fueron difuminando gradualmente.

Habían sido dos horas inolvidables.

Danae en "Bailando en Lughnasa".

Muy pocas veces tenemos la oportunidad de leer una crónica teatral y personal como la que hoy os traemos. Danae nos regala su "experiencia de saber cómo es un sueño cumplido", como ella misma ha titulado este artículo, y su visión de esta obra de Brian Friel. No os la perdáis, porque merece la pena. :-)
¿Qué tendrá el baile y sobre todo la música que es un gran remedio para suplantar hasta la más dura realidad? No importa momento histórico, no importa el lugar, da igual si se trata de hombres o mujeres; ni tan siquiera la música hace miramientos a la condición social de las personas. Así Kate, Agnes, Maggie, Rose y Christina, cinco hermanas de personalidad totalmente diferentes de la Irlanda rural de los años 30 intentan superar sus insatisfactorias y paupérrimas vidas: con el baile. Con la llegada de Lughnasa, fiesta típica de la región en la época veraniega, ese deseo incontrolable por bailar se convierte en el mejor antídoto contra la ingenuidad de Christina, la amarga seriedad de Kate, las limitaciones de Rose, la incansable sensatez de Agnes y las frustraciones de Maggie.

Ante la memoria de Michael, hijo bastardo de Chris, se recuerdan aquellos duros años de su familia en aquel verano de 1936, cuando Michael contaba con 7 años. Un Verano cargado de sinsabores, sobre todos económicos de su joven madre y sus tías, en el que efímeramente reaparece su ausente progenitor, Jerry, un dandy seductor lleno de palabrería y pobre de compromisos. Y dentro de la familia la figura del Padre Jack, un sacerdote que presenta dificultades para recordar una vida fuera del campo de batalla en África, que sin quererlo ameniza la vida de las cinco hermanas.

Una perspectiva llena de melancolía, de lo que fue y no fue; de lo que creyó ser una infancia llena de sonrisas, acertijos irresolvibles, peonzas y cometas sobre un fondo de largas horas de trabajo sin grandes recompensas y con la intermitente compañía de "Marconi".

Excelente actuación, espléndida ambientación gracias al vestuario y al decorado. Buen juego de sonido e iluminación que ayudan a combinar el Michael adulto narrador con su historia y pasado.

No tuve que esperar a la llegada de "Papá Nöel" para recibir un gran presente; Hace más de dos años que caí en la admiración por una persona que además de fascinarme con su trabajo de actor me inspiró a seguir escribiendo y creando historias. Un encanto que está más allá del amor platónico, más allá de la idolatración.

Muchas veces vemos en la televisión o en la televisión vemos al típico personaje que dice haber cumplido su sueño. Pero realmente no comprendemos lo que podemos pensar, sentir ni percibir cuando en efecto vivimos algo que anhelamos ( o que soñamos).

Y en ese miércoles 23 de diciembre, en aquella sala tan bien cuidada de Guindalera, la Navidad quiso recordarme que por algo la catalogaban como "mágica". Pude disfrutar de una excelente y magnífica representación de mi actor favorito. Y aunque para mí esto ya era algo extraordinario y magnífico, pero algo mejor me aguardaba. Tras la representación, los actores compartían con los espectadores un momento de reflexión y crítica acerca de la obra. Raúl efímeramente salió al hall, por lo que mi esposo pidió por favor a una mujer del teatro para que pudiera hacerme una foto con Raúl. Esperando en aquella sala y desde la oscuridad vi resurgir la figura de aquel hombre hecho de carne y hueso, de mirada más intensa que se acercaba hacia mi y se dirigia para hablar conmigo. Dos besos de entrada pude compartir con aquella persona inalcazable para mi que en menos de cinco segundos se había convertido en un hombre más que hablaba como si me conociera de toda la vida. Le tenía a menos de cinco metros de mi y no podía creer que eso estuviera ocurriendo. Para mala suerte la cámara se quedó sin batería, aunque mi esposo pudo hacerme un par de fotos a su lado con su móvil para inmortalizar el magnífico encuentro. Le deseé mucha suerte y éxito tanto con su carrera en el teatro como en otros proyectos que tenga fuera del telón.

De camino al apartamento donde estaba alojada- yo estaba en Madrid por vacaciones, pues vivo en Venezuela- miraba y volvía a mirar las fotos. Aquel hombre extremadamente delicioso que salía en la tele era con el que había compartido unos minutos tan preciados para mi que solo puedo darle las gracias una y otra vez. Además tan sencillo, tan grato, tan encantado de que nos hubiera gustado su actuación y el trabajo que él hacía.

Por eso, y aunque sea por este medio quiero recomendar y no pararé de hacerlo que vayáis a ver "Bailando con Lughnasa", no sólo por que Raúl Fernández haga un maravilloso trabajo, sino porque todo el elenco y el equipo artìstico hace algo que las grandes producciones olvida: Pensar en el público, temer por si habrán o no hecho un gran trabajo, sin importar más que eso y disfrutarlo. Nada sale mejor en esta vida, que hacer algo que adoras; y todos y cada uno de estos actores saben saborear los retos que tiene el trabajo de las mil caras, la actuación.

GRACIAS RAÚL, GRACIAS GUINDALERA.

FELIZ 2010.

DANAE L. AYANAME

Bailando en Lughnasa: la realidad de los recuerdos

¿Cuánto hay de real en nuestros recuerdos y cuánto de imaginado? ¿Cuántas veces adornamos hechos pasados para que nos resultan más agradables al paladar? Juan Pastor, Raúl Fernández y María Pastor alimentan esta visión de "Bailando en Lughnasa" en esta crítica de Aída Martí.

Juan Pastor dirige esta particular obra de Brian Friel que para mucho evoca "La casa de Bernarda Alba" de García Lorca, pero sin esa dureza que deja paso a "la ternura, la calidez y el humor". Una historia de recuerdos, amor y pérdidas a través de los ojos de un niño ya adulto. Una reivindicación de la importancia del pasado en nuestras vidas.

Michael ya es adulto. Pero sus recuerdos infantiles nos permiten conocer su historia. A través de su mirada de niño viajamos a un pequeño pueblo de Irlanda. Año 1936. Nos adentramos en el hogar de cinco hermanas. En una convivencia que empieza a resquebrajarse, en el desva-necimiento de los valores tradicionales, conservadores y católicos de aquella época que sufre esta familia…

“La historia se sitúa en dos planos. El presente, representado por Michael que cuenta su historia directamente al público, y el pasado, escenificado detrás”, explica Juan Pastor, director del montaje, y añade “a través de esta dualidad se reivindica el pasado. Esa necesidad que tiene el ser humano de recordar su pasado como parte del presente y de lo que es, pero también de liberarse de él emocionalmente”.

A esta pérdida de valores contribuyen los últimos acontecimientos. Cris, menor de las hermanas, ha tenido un hijo siendo soltera y eso ha levantado ampollas en el entorno donde viven. Ese niño es Michael. “El estilo interpretativo no es esencialmente naturalista ya que son personajes alojados en la memoria de un niño. Lo más importante es cómo recuerda Michael a su madre”, cuenta de su personaje María Pastor.

El baile como liberación.

Por otro lado, Padre Jack, el hermano mayor de las cinco protagonistas, vuelve de las misiones africanas con un comportamiento más que peculiar. “Allí ha asimilado ciertas costumbres como el amor libre o los sacrificios a dioses paganos. Es un personaje muy alocado, lúdico y aventurero” relata Juan Pastor, que además de dirigir da vida a este personaje.

Y es precisamente en medio de estas actitudes en contra de la moral cristiana donde el baile cobra su protagonismo. “La Lughnasa son unas fiestas tradicionales irlandesas entroncadas con costumbres celtas que tienen que ver con la cosecha. Se producían encuentros muy paganos donde se trasgredían cuestiones sexuales. La participación de esta familia en los bailes simboliza la liberación, la huída de la represión de aquella época”, explica el director.

Así la historia recuerda en cierta medida a la escrita por Lorca. Como en “La casa de Bernarda Alba” está presente esa necesidad de un hombre, la represión que sufren estas mujeres, la soltería… pero sin esa dureza ni excesiva carga dramática que deja paso a “la ternura, la calidez y el sentido del humor”, explica Juan Pastor.

Además esa mezcla de presente y pasado le confieren al montaje una cierta nebulosa de irrealidad, un toque casi mágico. “Michael, ahora que ya es adulto, descubre que muchas cosas resultan ser muy diferentes a como las había imaginado, recordado o vivido, como su primer encuentro con Padre Jack, el cuál se imaginaba como un héroe, un ser superior y elevado que irradiaba luz por los pasillos”, explica Raúl Fernández, que interpreta a Michael.

Para Juan Pastor esta especie de magia se explica porque "cuando nosotros evocamos algo en nuestra memoria también está presente la imaginación y eso te gasta malas pasadas. No sabes qué fue real del todo y qué no”.
Desde el 10 de Diciembre.
Teatro Guindalera

Berta en Bailando en Lughnasa

Berta, una de las últimas incorporaciones al blog, hizo el jueves pasado una visita a La Guindalera para asistir a Bailando en Lughnasa y ver a Raúl desenvolverse en su "hábitat natural". Después de esta fotografía, tenéis la crónica de su visita:

Cuando entré a la Guindalera respiré ese aroma a teatro, a puro teatro. Una pequeña sala, sencilla y familiar. Se quedó todo a oscuras y apareció Michael. Empieza la obra. Michael recuerda cómo era su vida. Nos muestra sus recuerdos de cuando él era niño. Asistimos a unos días de convivencia de una familia en 1936. Una familia irlandesa formada por cinco hermanas, todas ellas solteras que tenían distintas opiniones y distintas formas de ver la sociedad. Los problemas empiezan al desvanecerse los valores católicos y tradicionales de la época y al aparecer una serie de acontecimientos.

Michael dialoga con el público, cuenta sus recuerdos, cómo veía él los problemas. Su madre, Cris, le había tenido siendo soltera, lo que había dado lugar a habladurías.

Padre Jack, el hermano de estas cinco, vuelve de las misiones africanas, donde había conocido ciertas costumbres como rituales y sacrificios a dioses paganos, en contra de la moral cristiana.

En el entorno van a tener lugar unas fiestas tradicionales con costumbres celtas “La Lughnasa“, Esta familia quiere participar en los bailes, lo que hace que empiecen a abandonar estas costumbres cristianas y provocan algunos problemas entre ellas.

La obra de teatro está contada en la forma en la que Michael, cuando era niño, veía la situación familiar y cómo ahora de adulto necesita recordar su pasado para entender ciertas cosas de la realidad. Se mezclan pasado y presente en un mismo escenario, dando lugar a la magia. Cuando Michael recordaba su pasado, se sentaba a un lado mientras el espectador podía ver la escena que este recordaba. Observaba desde el presente, su pasado.

Raúl estuvo genial. Cuando lo ves actuando en directo vuelves a darte cuenta de lo buen actor que es. ¿Dónde se había quedado Fermín? Me sorprendió bastante porque me esperaba que tuviese algo de Fermín, pero no vi ni rastro.

Cuando acabó la obra salimos a esperarle en la sala. Él salió y estuvo hablando con varias personas, nosotras nos acercamos y esperamos a que terminase de hablar. Cuando terminó, se volvió y le preguntamos a ver si se podía echar una foto con nosotras y encantado lo hizo, también me dejó que le echase una foto a él solo, aunque al principio me dijo: “¿A mí solo?, ¿mejor con alguien, no?”. Nos firmó unos autógrafos y estuvimos ahí hablando un poco. Le dije que me habíais mandado saludos para él y me los mandó también para vosotras.

Estreno de Bailando en Lughnasa

Primero fue El juego de Yalta, más tarde Molly Sweeney, y para concluir el ciclo dedicado al autor irlandés Brian Friel, La Guindalera reestrena hoy 10 de diciembre Bailando en Lughnasa.

Dancing at Lughnasa es probablemente la obra de Friel que más éxitos ha cosechado. Después de recibir los aplausos de Dublín y Londres, cruzó el charco para ser representada en el mismísimo Broadway, alzándose a ambos lados del Atlántico con prestigiosos premios teatrales. Pero no sólo cruzó fronteras territoriales, Dancing at Lughnasa también traspasó barreras artísticas al ser adaptada al cine, con la gran Meryl Streep como protagonista.

Todos estos precedentes resultan llamativos, pero el hecho de que La Guindalera haya escogido esta obra para tocarla con su varita mágica y convertirla en realidad, asegura que subyace en ella algo que la hace especial.

Resulta muy complicado aventurar qué es ese algo sin conocer a fondo la obra, pero a priori llama la atención la reflexión que plantea sobre el difícil equilibrio entre los ineludibles vínculos a nuestras raíces, que nos han hecho crecer como somos, y la necesidad de romper con ellos para vivir como queremos.

La vida de las cinco hermanas Mundy, todas ellas solteras sometidas a la tiranía del qué dirán sus conservadores vecinos y con apenas ingresos suficientes para sostener la casa en la que viven, se ve alterada por el regreso al hogar del hermano misionero, que tiempo atrás abandonó el nido familiar para evangelizar a las gentes de Uganda y ahora vuelve contagiado de las ideas paganas que por allí se estilan.

Las habladurías propias de una comunidad de férreas ideas católicas empiezan pronto a salpicar a la familia, mientras que sus dificultades económicas crecen cuando el pequeño negocio familiar es puesto en peligro por la instalación en el pueblo de una empresa más grande. Este cúmulo de circunstancias llevan a que comience a gestarse la ruptura del núcleo familiar y el desarraigo de todos los protagonistas.

Esta historia forma parte del pasado de Michael, hijo de una de las hermanas Mundy que tan sólo contaba con siete años cuando todo ocurrió, y personaje que le ha tocado en suerte a nuestro Raúl Fernández.

Como buen narrador, Michael convierte al público en su cómplice, confiándole los sucesos que años atrás pusieron patas arriba a su familia. Sus recuerdos, siempre amables, son escenificados por el resto del elenco, mientras que sus reflexiones, siempre interesantes, nos permiten intuir como Michael no puede evitar que su presente esté irremediablemente conectado con sus raíces.

La combinación Guindalera-Friel ha obtenido hasta ahora el beneplácito de crítica y público, y parece lógico que con Bailando en Lughnasa esta tendencia continúe. Para quién desee comprobar en sus propias carnes la grandeza de este cóctel, dejamos un enlace a la página web de La Guindalera donde pueden consultarse las fechas de las próximas funciones, e instamos a quién tenga el privilegio de asistir al espectáculo a que deje constancia de ello en este blog :)