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Molly Sweeney se va a Segovia

Una obra de La Guindalera sale del baúl de los recuerdos para encantar al público con la naturalidad y la sencillez con la que lo hizo cada uno de los días que fue representada en la pequeña sala de Madrid.

Se trata de Molly Sweeney, que este viernes 26 de marzo viajará hasta Segovia para participar en la iniciativa Viernes Abiertos 2010. Taller Municipal de Teatro de la Concejalía de Cultura de la ciudad.

Para la XVII edición de este ciclo se han querido acercar a la capital segoviana espectáculos de probada calidad que han cosechado éxitos notables en Madrid, por lo que no es de extrañar que Molly Sweeney de Juan Pastor haya sido uno de los elegidos.

Segovianos e interesados varios en acudir a la única función de Molly en la ciudad del acueducto, estáis de suerte, porque la entrada es totalmente gratuita aunque, eso sí, limitada a un aforo de 120 personas. Basta con acudir a la iglesia de San Nicolás, lugar escogido para que este cuento irlandés de Friel se haga realidad, una hora antes del comienzo de la función (a las 20.00 horas) y recoger allí las invitaciones.

Es, sin duda, una oportunidad única de presenciar esa muestra de buen gusto y sensibilidad que es Molly Sweeney y, por supuesto, de sorprenderse con ese cambio de registro tan espectacular del actor que interpreta a nuestro querido Fermín en El internado. Si alguno de los afortunados espectadores se anima a contarnos, nos encantará saber cómo fue su experiencia.

Podéis encontrar aquí más información sobre el evento ;)

Crónica de una visita (por Alexilla)

Hoy os traemos una crónica que a muchos de los que nos leéis, y también de las que hacemos este blog, nos trae unos recuerdos maravillosos. Pero más allá de la propia historia de "Molly Sweeney", este artículo es la narración un sueño cumplido, y las emociones vividas en él.
Alexilla nos cuenta su particular visión de la obra y de su encuentro con Raúl, y nosotras le damos las gracias por tener la ilusión de verla publicada aquí. Disfrutadla.

Bueno, pues yo tampoco he podido contenerme así que os contaré brevemente cómo fue mi encuentro (si se le puede llamar así) en la sala Guindalera con la obra Molly Sweeney y por supuesto con Raúl, faltaría más.
Decidí ir con mi chico un domingo 18 de Octubre, porque en el último momento mi amiga me dio plantón…. Así que os podéis imaginar el cabreo que tuve al principio, pues no podría tirarme directamente a su cuello por razones obvias… (tampoco es que lo fuese a hacer pero en fin, son cosas que se meditan).
También os podéis imaginar como estaba mi novio hasta que llegamos, dándome la murga todo el trayecto con que a ver cómo le iba a dejar y como me iba a comportar, de coña, eso sí , pero se le veía algo intranquilo , aunque yo ya no le escuchaba, estaba en mi nube.

Llegamos pronto a la sala , que como bien habéis podido comprobar la mayoría , el portal pasaba bastante desapercibido, no se diferenciaba del resto de los portales de la calle . Entramos y rápidamente el comentario típico que te hacen los que te conocen de “oye, y si pasa ahora que vas a hacer” con la típica mirada burlona...Y entonces se da cuenta de que te pones a buscar con la mirada por todas partes , y él se da cuenta de que mejor esta callado.

Una vez en el cuco hall , pedimos las entradas al chico y salimos a tomar algo mientras mi chico, con voz socarrona, me decía que si me pedía una tila con un calmante. Le di una colleja y le dije que de nervios nada (aunque no estaba muy claro aún).

Le hice salir del bar sin terminarse el Nestea y entramos de los primeros. Mi plan era el de “delante del todo se capta mejor”.
Cuando comenzó la obra aunque atendía al relato de los otros dos personajes , inconscientemente miraba de reojo al lugar que ocupaba Raúl, expectante e impaciente porque comenzase.

En el transcurso de ésta nos interesamos mucho por la historia , aún más porque los personajes se esforzaban mucho por captar la atención del público , refiriéndose a cada espectador uno por uno , lo cual en alguna ocasión por parte de Raúl , pues como es obvio, me hizo ruborizarme sin sentido alguno. En mi opinión estuvo fantástico, un papel totalmente distinto al que estaba acostumbrada a verle interpretar y le quedaba como un guante. Lo mejor es que según avanzaba la obra podía notar que a mi chico , que en principio había asistido por mí, le estaba emocionando la interpretación tanto que se le estaban humedeciendo los ojos y cada vez me apretaba mas el brazo.

La verdad es que nos llegó mucho a los dos , aunque sí es verdad que no habíamos asistido a muchas obras de teatro antes, pero esta nos marcó , porque aunque la historia en sí era interesante, la intensidad de las emociones que expresaban era brutal, y sin exagerar, aunque la verdad no sé porque me sorprende, porque todos tienen una gran trayectoria.

A la salida , un poco aturullados por el cambio de luz y demás, le pregunté a mi chico que le había parecido y tras buscar las palabras me dijo que brutal, no había visto nada parecido y que la interpretación de María Pastor había sido increíble. La verdad es que estuvo estupenda. Justo en la puerta estábamos hablando cuando apareció en escena Raúl, lo cual, no sé por qué, pero me dejo un poco descolocada (las que habéis ido lo entenderéis, el toparte de pronto con esos ojos color miel y el “Dios mío” posterior es de shock).

Nos preguntó qué nos había parecido.
Yo, después de un ehhh…esto…ehm…y con cara de “vamos a ver , ha estado fantástico pero no te emociones que le vas a agobiar”, le contesté que nos había gustado mucho, que un poco intensa para lo que estábamos acostumbrados pero que muy bien.

Nos dijo que claro, que a la gente que no estaba acostumbrada a Brian Friel les podían resultar sus obras un poco chocantes, y nos preguntó que si era la primera vez que íbamos allí.

Mi chico le contestó que no, que era la primera vez y que lo habíamos pasado muy bien, mientras yo conteniendo mis impulsos Raulistas y respirando hondo me pregunté si podía darse el caso de raptarle y hablar más tranquilamente tomando algo, pero volví en mí y a la conversación. Al ver que no seguíamos preguntándole cosas y viendo que asentía en plan “vale, encantada, estoy flipando, será mejor que nos vayamos ya”, se daría por aludido y nos dijo que la próxima obra era Bailando en Lugnasa y que era distinta pero que prometía y esperaba que fuésemos.

Y se fue, se fue a charlar con el resto de los espectadores que seguían allí (gente mayor, la mayoría). Le dije a mi chico que si nos íbamos y me dijo ”¿sin pedirle un autógrafo? ¿y la foto? Tu estas tonta” y se acercó a él para pedírselo. Al decírselo creo que se quedo un poco aturdido, pero volvió y me pidió el típico boli que nunca está cuando lo necesitas.

Yo ya lo daba por perdido en el bolso y me dijo que no importaba ,que pedía un momento el que tenían en la entrada. Pensé “qué majo” y de pronto se quedó parado y le preguntó a mi chico extrañado “pero ¿es para ti o para ella?” a lo que este contestó que no, que era para mí y se rieron, con lo que puse mi cara de “vale, sí, soy idiota” .Me firmó y me dijo que esperaba vernos pronto de nuevo por allí.

Y no sé por qué no le comenté nada más sobre la serie, ni sobre sus proyectos, ni nada (bueno, sí sé por qué, me daba un corte tremendo).

Le despedimos y mi novio me pidió un momento, porque quería charlar con María Pastor. Estuvimos hablando con ella sobre su actuación, de la cual dijimos que la expresión de ceguera había estado tan lograda, que a mi chico le dio la impresión de que era ciega de verdad. Ella soltó una carcajada y nos preguntó si era la primera vez que íbamos y qué tal les habíamos visto. Le dijimos que genial, que muy emocionante y nos preguntó que edad teníamos, le dijimos que 20 y nos soltó un “ay, pero qué jovencitos que sois, y ¿cómo es que os habéis decidido por Molly? Qué bien que el público joven se interese por este género” y demás. Se la veía contenta, y por último concluyó con que habría esperado más participación por parte del público, porque otras veces se les ve más receptivos, a lo que contesté que nosotros casi lloramos y que simplemente no lo hicimos de lo impactante que nos estaba resultando. Se asombró y nos dijo que le había gustado mucho conocernos y que volviésemos pronto.

Según nos alejábamos soltamos los dos un “qué maja” y justo cuando salíamos por el umbral me armé de valor y le pedí una foto que nos sacó mi novio con mi móvil (así salió) con mi cara de “que vergüenza, pero me quedaba aquí siempre”. Le solté un gracias y un hasta pronto que nos devolvió y nos fuimos.

Cuando caminábamos ya por la calle mi chico me preguntó “¿Por qué no te has atrevido a pedirle nada? Serás tonta…te ibas a ir así..” y un… “así no te has puesto nunca conmigo ¿eh?” a lo que contesté “anda, cállate” con una sonrisa estúpida.

Después estuvimos toda la tarde hablando sobre ella.

Crónica de una visita (by chiqui)

He pensado docenas de veces cómo podría contar la sensación que produjo en mí poner los pies en la sala Guindalera. Ahora tengo claro que será prácticamente imposible transmitirlo con palabras. Pero sí puedo hablar de ése minúsculo miedo, ése temor de las horas previas. Cuando uno ha leído y oído tantas maravillas sobre un lugar y una obra, siempre hay probabilidades de decepción.

Sin embargo, cuando traspasas el umbral, todo se esfuma. Sabes que estás en un lugar diferente. Madrid, con su tráfico, con su bullir de gente, con sus multitudinarios musicales y sus planos de metro, se queda fuera, en otra dimensión.
En el pasillo huele a humildad, a pequeñez, a teatro.
Ese día, además, se palpaba la ilusión y la emoción de estar en donde uno quiere estar junto a otras personas con las que no hacía faltar hablar. No había que decirse nada porque las emociones eran, seguramente, idénticas.



Dentro de la sala, su sencillez sorprende. Apenas te da tiempo a reparar en que todo el decorado se reduce a tres sillas vacías cuando las luces se apagan. Durante unos segundos, todo permanece a oscuras y en silencio, en una especie de preparación emocional para el espectador. Y tras la oscuridad, la luz plena. Molly Sweeney, de pie en el centro de la sala, te cuenta cómo su padre le enseñó a ver a través de sus dedos, a reconocer las flores por su textura, su olor y su forma. Nunca ves a María Pastor, nunca hay una actriz interpretando un papel. Ni el propio Brian Friel soñó a una Molly tan auténtica y tangible, tan real.

El espectador que se deja llevar se somete irremisiblemente a la alegría y a la caída de Molly. Sonríes cuando Frank la conquista con su alegre idealismo, te enfadas mientras ella danza furiosa y se te encoge el alma al verla caer, literal y metafóricamente. Sin adornos ni efectos, viviéndolo en tu propia piel.

A su lado, un Frank increíblemente luminoso, agitado y soñador, fascinado por una mujer que no tiene miedo a vivir a pesar de sus circunstancias pero a la que, a pesar de todo, tratará de cambiar. Raúl Fernández asombra en directo y a corta distancia. Su voz tan particular lo abarca todo, sus ojos fascinan porque lo expresan absolutamente todo. Hay momentos, durante los monólogos de Molly, en los que Frank sólo mira y siente, y en su cara se refleja la incredulidad, el desasosiego, la tristeza, la ilusión. Lo que Raúl quiera que veas.

Al otro lado de Molly, el doctor Rice. Él representa la amargura, las esperanzas puestas en alguien y algo que no te pertenecen, pero sobre todo, él es el hombre equivocado, el que nunca debería haberse implicado emocionalmente en una historia que no era suya. Y aún así, él termina siendo el más cuerdo, pues es el primero en asumir que ha perdido.
José Maya se amolda a la perfección a la figura del doctor triste y patético que quiere seguir viviendo a costa de Molly.

Al margen de la historia, si el lugar y la trama por sí mismos ya fascinan, el encuentro posterior con los actores es punto y aparte. Maravilloso, agradable y todos los adjetivos positivos que se os ocurran valen para José Maya, hombre humilde y abierto que asistió sorprendido a la media historia sobre el por qué cinco personas de tan distintos lugares habían elegido aquel lugar para encontrarse.

Como colofón final a la velada, Raúl, nuestro Raúl. Otra vez los adjetivos sé que se me quedarán cortos. Impagable su sonrisa al descubrir quién éramos, la naturalidad con la que habla del negocio de la televisión y el amor que destila cuando habla del teatro, su tono agradecido… Los pequeños detalles son, en casos como éste, los que importan: un gesto, unas determinadas palabras, su despedida invitándonos de nuevo a volver para bailar con él en Lughnasa.

Ganas no nos faltan, ¿verdad que no? ;)

Crónica de una visita (by Lucía)

"Lo había imaginado millones de veces, había trazado minuciosa y esquemáticamente en mi mente como iba a ser esta quedada, como sería la sala, como sería Raúl en las distancias cortas, como sería conocer por fin a las fantásticas chicas del blog (y a Chiquiman, bien sûr!)... pero esto, amigos, es como la ciudad de París, por mucho que te cuenten lo bonita y magnífica que es , hay que ir allí y vivir esas sensaciones pisando sus calles.

Podría contar millones de anécdotas sobre como fueron las horas previas a la llegada a La Guindalera, como fue ese primer viaje en metro, como durante las dos primeras horas la única frase que podía salir de mi boca era un emocionado "qué fuerrrrte" (una verborrea apabullante la mía), como fue llegar al hostal, y poco a poco ir descubriendo a estas chicas tan encantadoras, pero esto ya es otra historia, y lo que a mí se me ha pedido es una "crónicaresumendelamuerte" de la obra que nos unió, "Molly Sweeney".

Llegamos al teatro con una hora y cuarto de adelanto (eso sí que es previsión). Respecto a la sala en sí he de decir que me encantó, era tan acogedora, con ese banquito verde a la entrada, esas coníferas con guirnaldas custodiando la puerta de entrada, esas escaleras que iban a dar a una vecindad que tiende su colada frente a la entrada de la sala (eso sí que es ser chic, vivir en un teatro), esa puertecita blanca que probablemente esconda cosas maravillosas, un taquillero encantador (haciendo juego con la sala, claro), los posters de todas las obras allí representadas (esas que tantas veces hemos leído aquí), brindado todo con una luz cálida que iluminaba el recibidor. A mí me entraron unas ganas locas de quedarme a vivir allí .

Los minutos previos a la obra los guardo con especial cariño, por todo lo vivido, por esas risas flojas y nerviosas, por esas "buenas tardes" de todavía un desconocido para nosotros José Maya, por ese primer encuentro-no-encuentro con Raúl.

Obviamente nos colocamos en primera fila (os recuerdo que estuvimos haciendo cola una hora, ahí se nos vio el plumero, lo reconozco), tras la apertura de puertas de la sala, quedé impactada, me impactó porque la sala nº5 de los Multicines Cáceres (esa donde siempre ponen las películas suecas en versión original) tiene más butacas que ésta, me impactó porque era tan acogedora como el recibidor, me impactó porque el escenario estaba al mismo nivel de las butacas, me impactó porque el escenario eran tres sillas blancas (luego descubrí que tampoco se necesitaba más, los actores lo llenaban todo). Y comenzó la obra y poco a poco fuimos conociendo a los personajes.

El desarrollo de la obra es original, casi toda basada en monólogos y sin apenas intercambio de frases entre el resto de actores, pero este esquema te hace conocer en profundidad a cada uno de los personajes:
-Molly, ciega desde los diez meses de edad, pero cuya minusvalía no le ha impedido llegar a ser una mujer vital y autosuficiente, y feliz en su mundo de percepción a traves del gusto, el tacto, y el olfato.
- Frank el marido "supermotivado", emprendedor de causas perdidas que jamás llegan a buen puerto y (hablando en lenguaje coloquial) con más moral que el Alcoyano.
-El Dr. Rice, un prestigioso médico venido a menos y abandonado por su mujer que ve en Molly el caso que le hará resurgir de sus cenizas y brillar delante de todos esos compañeros que un tiempo atrás renegaron de él.

Respecto al trabajo actoral, he de comentar que José Maya para mí fue el gran descubrimiento, creo que bordó el papel de médico un tanto altivo, riguroso, y a la vez lleno de defectos (y no sólo su afición al whisky). Me enterneció sobre todo cuando contaba la historia del cómo y el porqué del abandono de su mujer, y aún una frase retumba en mi memoria, relacionada, casualmente, con la ceguera, pero que no desvelaré, tendréis que ir a ver la obra para saber de qué os hablo.

Raúl no me decepcionó, era capaz de recitar monólogos inverosímiles sobre los niveles de producción lechera de las ovejas iraníes y demás historietillas de abejas, salmones y etíopes sin dudar ni un solo momento. Además nos transmite perfectamente ese entusiasmo pasajero (y subrayo lo de pasajero) por todas y cada una de sus empresas (incluida la recuperación de la vista de su amada esposa).

Y por último, y es aquí donde discrepo de mis compañeras de aventuras (pero está bien ser la nota discordante, ¿no?), una María Pastor, que tiene un papel que es un caramelo goloso, pues interpretar a una invidente es un trabajo duro que exige un gran nivel de concentración pero que te puede llegar a proporcionar un gran triunfo si tu trabajo llega a buen puerto. Y sí, a María me la creo como ciega, sobre todo en sus momentos finales de decadencia mezclada con locura e incomprensión, pero a veces (y solo a veces, ojo) me parecía un poco cargante, y sus chillidos me irritaban bastante. Tiene mérito pasarse más de dos horas con la mirada ausente y bizqueando los ojos, estamos de acuerdo (yo sería incapaz), pero no necesito que se ponga a pegar gritos agudos y un tanto sobreactuados para mostrar su entusiasmo, tristeza o locura, no lo necesito. Y hablo desde el más profundo respeto, porque yo ni soy crítica de teatro ni pretendo serlo, simplemente reflejo mi opinión, y repito que salvo ese "pero" el resto de la actuación de María me encantó e incluso llegó a emocionarme.

La obra no se me hizo nada larga , y lo que más me gustó de ella, es que te hace pensar. Durante toda la noche no dejé de darle vueltas a una historia que narra Frank sobre el rescate de dos tejones que estaban a punto de morir ahogados en sus madrigueras, que tampoco desvelaré para seguir manteniendo la intriga. Haciendo un breve resumen, la conclusión que saqué es que la cabra siempre tira al monte, y que por muy buenas intenciones que tengamos, a veces es mejor dejar las cosas como están, ¡por los clavos de Cristo!.

Y para poner la guinda al pastel (¡toma ya juego de palabras, hoy estoy inspirada!) la idea del reencuentro con los actores en ese hall tan acogedor que ya lo quisiera yo para mi casa, para comentar las impresiones de la obra, brindando con un chupito de guinda (como no podía ser de otra manera), me pareció original y brillante y otro punto a favor de esta compañía teatral.

Podría hacer millones de comentarios respecto a ese momento "encuentro con Raúl" tantas veces soñado, pero solo diré que, aunque me supo a poco, estuvo encantador y muy atento. Y de nuevo una mención especial para José Maya, que volvió a demostrar que tiene un "savoir faire" increíble, y que hizo que me declarase fan incondicional de su persona, tras ese momento "confidencias" que mantuvimos él y yo.

Bueno, hasta aquí mi crónica, que espero os haya gustado y sobre todo espero que os hayan entrado unas ganas locas de ir a ver la obra. Sólo decir, que "Molly Sweeney" me encantó, que Raúl impresiona aún mas en las distancias cortas, que la sala es acogedora y hogareña... pero sin duda para mí lo mejor de esta quedada fue haber conocido en persona a Chiqui, a Parchis, a "AuroramasconocidacomoBeatriz", esas chicas que ya me habían dejado ver un poquito de ellas a traves sus artículos y comentarios en este blog , y que no me defraudaron en absoluto. Mención aparte merecen Forna (que fue una gran anfitriona) y por supuesto chiquisman (el segundo gran descubrimiento junto con José Maya, cuya beatificación, tras ese fin de semana de paciencia infinita, ya he solicitado a la Santa Sede). Ya sólo queda la crónica de Chiqui, la cual espero como agua de mayo.

Y para no variar, muchos besos desde Extremadura."

Crónica de una visita (by parchis)

La Guindalera me olió a la sencillez del discreto portal que la acoge. Me olió a la cotidianeidad de la ropa tendida en el patio de luces enfrentado a su entrada, y también a la familiaridad de su reducido aforo. Era ésta una mezcla de aromas seductora, pero cuando la sala se tornó negra y Molly Sweeney cobró vida, estos olores se difuminaron en el ambiente y La Guindalera se inundó de un arrollador aroma a verdad.


Olía a verdad la Molly de María Pastor, mujer de portentosa capacidad de percepción a pesar de su ceguera, que termina inducida por la presión del entorno a normalizar su forma de experimentar el mundo. Olían a verdad los recuerdos infantiles de su aprendizaje sensorial, su rebeldía expresada en forma de danza salvaje, su desolación al despertar en un mundo de sombras, formas y colores desconocidos, y por supuesto, olía a verdad su redención final a la locura cuando, con el sentido de la vista recobrado, pierde la capacidad de comprender la realidad exterior.

Todos los halagos al trabajo de María que había leído se quedaron cortos ante su Molly, todo lo que yo pueda decir no servirá para hacerle justicia: es sobrecogedor el torrente de sensaciones que María transmite, es más, que María provoca en los espectadores. Sólo sentado en el patio de butacas de La Guindalera es posible entender a lo que me refiero.

Olía a verdad también el doctor Rice de José Maya, aferrado a Molly como al último clavo ardiendo que puede frenar su ineludible caída. Conmueve la realidad que hay en este hombre hundido, abandonado por su mujer y venido a menos como cirujano ocular, que, tentado por el reconocimiento profesional que un gran éxito le reportaría, se deja embaucar por el vehemente marido de Molly para llevar a cabo una intervención quirúrgica desaconsejada.

El personaje de José Maya está sublimemente trazado: las visibles arrugas de sus pantalones y su aliento a whisky antes de la cirugía, son en realidad espejos de su fracaso, de su patetismo, de su debilidad y de sus miedos, y en cierta forma, espejos de nuestras propias miserias. Es tan sumamente fácil identificarse con Rice en algún momento o ámbito de la vida, que puede decirse que el doctor tiene esencia de pura humanidad.

Al margen de su indudable talento interpretativo, pudimos comprobar que José Maya es un extraordinario embajador de la cercanía y la familiaridad que La Guindalera emana. Su divertido saludo al encontrarnos en la entrada antes de la función, y su amabilidad en la pequeña conversación que mantuvimos con él después, quedarán sin duda entre los mejores recuerdos de nuestra visita a la sala.

También el Frank de Raúl Fernández desprendía un aroma inequívoco a verdad. Ilusionado emprendedor de negocios imposibles, incansable defensor de causas perdidas de antemano, Frank pasa su vida encadenando una cruzada a otra. Es por eso que cuando conoce a Molly se enamora, más que de ella, de la hazaña de curar su ceguera, y pone toda su desbordante energía al servicio de esta empresa. Frank huele a incorruptible ingenuidad, huele a desbordante entusiasmo y también a bondad innata, pero las consecuencias de sus actos llegan a ser tan nefastas, que resulta imposible ver en él al tipo entrañable que todas estas cualidades sugieren.

Raúl Fernández consigue turbar al público con una soberbia interpretación de Frank, personaje que tiene la complejidad necesaria para incitar a una reflexión sobre su conducta, y que a la vez sirve para dar un espléndido alivio cómico a los monólogos, en ocasiones densos, que componen Molly Sweeney.

Ya fuera de las botas de su personaje, Raúl nos encandiló con la simpatía y la calidez que desprende en el ratito que nos dedicó. Pudimos conversar con él sobre Molly, sobre El internado, sobre sus nuevos proyectos, sobre este rinconcito cibernético al que tanto cariño tenemos, y hasta sobre alguna de las locuras que en su honor gestamos hace ya algún tiempo. Raúl resultó tan sencillo y encantador como esperábamos, por lo que fue todo un lujo compartir unos minutos con él.

No es difícil extraer de esta crónica que quedé totalmente fascinada con La Guindalera y su forma de entender el teatro, con Molly Sweeney y su alegato a la diferencia, con Raúl y su cordialidad, pero poder compartir conversaciones, risas y emociones con Ana, Bea, Lucía, Mari y su chico fue, sin lugar a dudas, lo mejor de un fin de semana inolvidable.

Crónica de una visita (by Bea)

Había una escena en una película que vi en la que el protagonista regresaba a un lugar tiempo después y comprobaba a través de sus ojos adultos que este había perdido su encanto, y que todo lo que apreció parecía completamente distinto, ajado, sin luminosidad. Pero sin ponerme en plan poetisa, que tampoco es cuestión, diré que curiosamente nueve meses exactos después a cuando lo hice la primera vez, aparecí de nuevo en la puerta de La Guindalera (si me hubieran dicho entonces que repetiría visita en un mismo año no me lo habría creído) y teniendo al lado cierto conocimiento de lo que una espera encontrarse, el ánimo le permite no centrarse tanto en los pequeños detalles e ir sabiendo que vas a pasar un buen rato sin pedir mucho más y sin que el lugar resulte diferente.


Fue un encuentro lleno de humor gracias a la compañía que llevé y posteriormente para mí bastante entrañable, así que puedo decir que la experiencia fue de lo más satisfactoria, eso sí a doble velocidad porque lo que esperas siempre transcurre después más deprisa de lo deseado, como siempre que te lo pasas bien. Y más si es la segunda vez.

Lo que triunfó como pasarela actoral en el buen sentido durante esta visita fue el pasillo, pues por él vimos desfilar a todo el elenco mientras hacíamos tiempo entre toques de humor y miradas furtivas del taquillero que parecía pensar qué planes y de qué tipo podían tener las cuatro mozas y el mozo allí sentados esperando a que llegase la hora de la función.
Una vez dentro nos deleitamos para bien con los carteles de la obra recordando con cada uno de ellos muchas de las entradas que pueblan este blog.

Se puede pensar que cuando vas a ver una obra por segunda vez no aprecias diferencia alguna pero en mi caso no fue así. Para empezar aunque pueda parecer una tontería nos sentamos en la primera fila, así que parecía que Raúl al que tenía justo delante me estaba impartiendo aún más una lección casi gratuita de texto, expresión corporal y gestual. Y yo encantada de la vida porque no se puede decir que fuera una entusiasta del teatro hasta que conocí su trayectoria profesional gracias a él y a estas chicas;) y ahora controlo un poquito más de Chejov, de Brien Friel, o incluso de Harold Pinter y de su Traición, autor y obra de la que me hablaron en un encuentro aquí en Albacete en esta primavera.

Enfocándome en la obra y más concreto en los personajes hablaré en esta ocasión de los tres, el doctor Rice, Molly, y Frank desde mi punto de vista. Si el doctor es la visión objetiva de la pareja desde fuera, raciocinio y la esperanza quizás más para si y su carrera que para Molly, Frank es el entusiasmo dibujado en su personalidad, deseoso de compartir sus estrambóticas ideas con todo el mundo para hacerles partícipes de su disfrute por alocado o falto de razón que pueda parecer. Cuando la conoce es entusiasta y le transmite a ella las ganas de querer una cita, haciéndote confirmar que es bueno tener a una persona positiva a tu lado que te llene de su alegría, del amor que este profesa hacia todo lo que le gusta ya sean cabras iraníes o engramas a toda velocidad, pero el problema llega cuando desea transformarla haciendo de su mujer su causa. Y ahí llega la caída de esta que se autoconvence de que el cambio que sufrirá para su futuro es lo mejor, lo correcto por opiniones colaterales desencantándose ambos con el resultado final pues cuando el experimento fracasa este fracaso es de Frank y de Molly, ella desde un plano más médico y él desde el moral, un juez mucho más cruel que le llena de pesadumbre, mientras su decadencia mutua como pareja es observada sin poder hacer nada por Rice que es el que más se asemeja examinándoles a los que nos sentamos en el sillón. Así cuando Molly acepta operarse nos da el mensaje de que siempre queremos más a pesar de lo bien que estemos sin pensar en las consecuencias de los cambios, puesto que nada permanece eternamente en la felicidad conocida sin que esta se transforme sin poder apenas hacer algo después de tirarse a la piscina.

Y es que la señora Sweeney parece querer observar para contentar a aquellos que le han proporcionado la luminosidad que en realidad es la que importa, la interior, y al lograr ver ella se transforma igual que la belleza de las flores que nombra, perdiendo su esencia, su diferencia y lo que la convierte en lo que es para gustarle a los demás y a si misma y así dar con una obra que vale más no solo por lo que te enseña, si no por lo que uno piensa después.

Ya para terminar aparte de la función me gustaría destacar la amabilidad de José Maya y la conversación que tuvimos posteriormente con Raúl acerca de la serie, la publicidad, y la obra que les estaba dando muchas alegrías comprobando para la mía que seguía igual de sencillo, simpático y atento a los detalles, hasta para recordarme.

¿Repetimos el año que viene con otra?

Molly Sweeney, cuando el amor es control y obsesión

No es demasiado frecuente que La Guindalera traslade sus montajes a otros escenarios distintos a los de su pequeña sala madrileña de la calle Martínez Izquierdo, pero el pasado viernes 11 de septiembre, Molly, Frank y el doctor Rice salieron de su entorno habitual para viajar hasta el Festival de Teatro Ciudad de Palencia, y contar allí su historia.

Tampoco es demasiado frecuente que la prensa recoja las opiniones de Juan Pastor, director de La Guindalera, o de María Pastor, Molly encima de las tablas, sobre el montaje del que ambos forman parte, pero la edición digital de El Diario Palentino dio voz a ambos para que explicaran algunos detalles de la obra.

Ésta es la reseña que aparecía en el periódico al día siguiente de la representación de Molly Sweeney en Palencia.


El Festival de Teatro ‘Ciudad de Palencia’ presentó ayer esta producción de ‘Guindalera’, dirigida por Juan Pastor con María Pastor, José Maya y Raúl Fernández

Guindalera, que ya estuvo en la edición de 2007, regresa al Festival de Teatro Ciudad de Palencia en la que es una de sus escasas salidas porque no hace bolos. Se presenta con Molly Sweeney, de Brian Friel, «un renovador del fondo y la forma teatral, figura relevante en la dramaturgia mundial poco conocido en España», señaló ayer Juan Pastor, director del montaje e impulsor junto con Teresa Valentín-Gamazo de este centro de creación, formación y desarrollo de audiencias.

El montaje que se vio ayer es un ejemplo más de lo que se ha buscado en esta trigésima edición del Festival, subtitulada Teatro para una crisis: texto y trabajo actoral. Sobre el primero, Pastor explicó que la traducción del original, «muy poético y muy exquisito», ha sido difícil. «Es -subrayó- una mirada al amor cuando se convierte en control y posesión». «No es más que una metáfora», añade el director, «de lo que a menudo hacemos empeñándonos en arreglar la vida a los demás. El control cuando queremos ayudar es necesario. Es importante preservar la individualidad».

Molly Sweeney se sitúa en el pueblo imaginado de Ballybeg, pero está basado en una historia real. Molly, ciega desde su primera infancia, ha construido una vida plena en la oscuridad. Ahora el regalo de la vista es posible. En contra de lo que le dice su instinto se le apremia a aprovechar la ocasión, pero ver no es conocer.

Interpretan los papeles de esta obra María Pastor, José Maya y Raúl Fernández. «Es difícil sostener un texto sin salir de escena durante una hora y tres cuartos manteniendo la atención del público», afirmó la intérprete de Molly, que subrayó que «es un trabajo de mucho riesgo, que exige un compromiso con el texto».

La particularidad del montaje es que se desarrolla a partir de monólogos de los protagonistas.

María Pastor recordó el buen recuerdo que guarda del público palentino y de lo queridos que se sienten en Palencia. En el miosentido habló Valentín-Gamazo.

Fuente

Aquí podéis ver otro artículo que hace referencia al paso de Molly Sweeney por el Festival de Teatro Ciudad de Palencia.

Molly Sweeney: el público opina

Molly Sweeney de Brien Friel cobra vida de nuevo mañana 17 de septiembre en la sala Guindalera. María Pastor vuelve a meterse en el papel de la mujer que da título a la obra, José Maya en el del doctor Rice, el otrora prestigioso cirujano que tratará de devolver la vista a Molly, y nuestro Raúl Fernández en el de Frank, el parlanchín marido de la protagonista. De este modo, Raúl vuelve a compaginar los rodajes de El internado con el teatro, género en el que se siente especialmente a gusto.

Durante la temporada en la que Molly Sweeney estuvo en cartel, el montaje no sólo recibió los elogios de la crítica, sino también los de de Ana, Carol y Bea, que elaboraron para este blog una crónica de su paso por La Guindalera, contándonos sus impresiones sobre la sala, la obra y sobre el propio Raúl.

Pero ellas tres no son las únicas que salieron encantadas con Molly Sweeney. Navegando por la red, hemos encontrado opiniones de personas que se plantaron frente al escenario de La Guindalera y disfrutaron durante casi dos horas de teatro de calidad.

La primera particularidad de Molly viene dada por una de las características de la sala, y es por tanto afín a todas los montajes que allí se llevan a cabo. Ésta no es otra que la cercanía inspirada, que brinda al espectador la sensación de estar imbuido en la propia historia.

Un ambiente muy especial, creado tanto por la actuación y el texto, como por el entorno: un teatro pequeño, íntimo, sin separación entre los actores y el público, de modo que uno acaba sintiéndose parte de la obra. Esther

Cerrar los ojos e imaginar que si acudimos a La Guindalera estos días encontraremos aquellas sensaciones que esperamos, no oír ni ver, sino sentir como espectadores sensibles que acuden a una velada de teatro. Juan Carlos

Centrándonos ya el Molly, comprobamos que hay dos aspectos que sobresalen sobre todos los demás: la reflexión a la que el texto invita, y el alto nivel de los intérpretes.

Molly Sweeney es una de esas historias que no acaba cuando terminan de contártela, porque obliga al que la ve a plantearse algunas cuestiones. Veamos lo que dijeron a este respecto algunos de sus espectadores:

Es de las piezas artísticas que no terminan con el fundido en negro final, sino que dan lugar a una enriquecedora conversación posterior. Fernando

No recordaba estremecerme tantas veces en una obra, teatro con mayúsculas, del de verdad, del que te acompaña una vez abandonada la sala durante mucho tiempo y que no se olvida fácilmente. Pedro

Un texto brillante, claro y limpio que plantea un buen tema para la reflexión y la conversación. PedroJ

Pero sin duda el comentario más repetido es el gran atractivo del plantel de actores con el que Molly Sweeney cuenta, con mención especial para María Pastor, cuya Molly fascina a todos los espectadores. Éstos son algunos de los elogios que el público dedicó a los intérpretes:

Un José Maya y un Raúl Pastor soberbios y una María Pastor en estado de gracia absoluta que emociona y transporta. Pedro

Tres buenos actores, especialmente buena y destacable es la interpretación de Molly, es tan buena que se come la obra. Pablo

El trabajo de los actores es sorprendente. Ambos hombres están insuperables. Y María Pastor nos enamoró desde el primer instante, con su frescura y su inmensa capacidad para hacernos descubrir el drama de Molly. Una actriz de una proyección incalculable. José Alberto

Después de leer esto, sólo se me ocurre decir que afortunadamente los que no pudimos ver entonces Molly, tenemos a partir de mañana una nueva oportunidad.

Podéis ver más fotos del montaje aquí.

La Guindalera cuenta un cuento: vuelve Molly Sweeney


Es curioso como de niños los cuentos nos entusiasman. Nos sumergen en un universo utópico en el que el amor siempre triunfa por encima de cualquier dificultad, y en el que el bien acaba indefectiblemente ganando la batalla contra el mal. Quizás sea esa sensación de justicia cósmica infinita que queda tras su lectura, la que hace que, de críos, reclamemos que nos repitan una y otra vez nuestro relato favorito.

Cuando crecemos no tenemos necesidad de pedirlo. Por todos los frentes tenemos a alguien dispuesto a vendernos algo parecido a ese mundo tan perfecto como irreal que los cuentos recrean: “el uso prolongado de esta crema rejuvenece 10 años”, “la guerra es necesaria porque Irak esconde armas de destrucción masiva”, “no se preocupe usted, que en un par de días le finiquitamos la reforma”, “Telecinco, tu cadena amiga”,...

La Guindalera también quiere contarnos un cuento a partir del 17 de septiembre. Pero éste es un cuento de los que se agradecen, de ésos que calan hondo por su intensidad y por su intención. Se trata de Molly Sweeney, obra del dramaturgo británico Brian Friel que la compañía ya representó con éxito la temporada anterior.

Tal vez porque en su mayoría van dirigidos al público infantil, los cuentos pecan de tener una visión un tanto simplista del mundo (buenos muy buenos, malos muy malos), que les facilita el cumplimiento de una de las misiones que tradicionalmente les ha sido encomendada: la transmisión de valores morales.

Aunque Molly no está del todo exenta de ese espíritu moralizante, la complejidad de los conflictos que la obra aborda, la aleja mucho de los cuentos populares que todos tenemos en mente. Molly Sweeney es ante todo una reflexión sobre la singularidad de cada individuo y sobre cómo lo cotidiano para la mayoría (la posibilidad de percibir el mundo a través de la vista), puede ser un camino de espinas para unos pocos.

Por si no os habéis acabado de convencer de la grandeza que se esconde tras esta obra, aquí tenéis su jugoso tráiler. No dejéis de verlo.

Molly vuelve y Guindalera se abre al cine.

“Molly Sweeney” volverá a la sala Guindalera. Somos muchos los que nos quedamos con las ganas de disfrutar del trabajo de María Pastor, José Maya y Raúl Fernández en esta obra, y parece ser que el éxito de crítica y público han propiciado su vuelta.
Será en Septiembre, presumiblemente cuando María y Raúl terminen con “Platonov”. Así pues, aviso desde ya de que en agosto, volveré a la carga con mis intentos de macroquedada fermaría. Estáis avisadas. ;)

Por otro lado, la sala Guindalera ha iniciado el programa “Jueves de Cine” y por lo que hemos podido ver, tiene muy pero que muy buena pinta. Se trata de una iniciativa que tratará de aunar cine y debate, y que nos acercará al trabajo de directores como Kurosawa o Lubistch. Desde luego, suena de lujo.

Una de breves

Teatro
Ya quedan muy pocas oportunidades de acercarse a La Guindalera para asistir a la representación de Molly Sweeney. La compañía anuncia la última función de esta obra para el domingo 22 de febrero; así que si alguien no quiere dejar pasar la ocasión de disfrutar de este exquisito montaje teatral, de asistir a la genial transformación de Raúl Fernández en Frank, el parlanchín marido de Molly, o de las dos cosas a la vez, tiene que darse mucha prisa. La obra estará el cartel los viernes, sábados y domingos que restan hasta la fecha indicada.

Televisión
Ayer por la noche se entregaron los premios que los lectores de la revista TP conceden a sus programas de televisión favoritos. El internado estaba entre las candidatas a hacerse con el TP de oro a la mejor serie española, pero no pudo con Sin tetas no hay paraíso, ganadora final de la batalla. Las comparaciones son odiosas, pero cuando se coloca a tres series (Cuéntame, Sin tetas no hay paraíso y El internado) en la palestra para competir por un premio, no queda más remedio que asumir esta comparación como necesaria. Y en esa confrontación, se hace evidente que el galardón es tan predecible (por la repercusión que esta temporada ha tenido algún momento de la serie) como inmerecido. Y es que la calidad de Sin tetas no hay paraíso deja bastante que desear a casi todos los niveles, especialmente si compara con la de las otras dos nominadas. Pero esto pretende ser un comentario breve, así que lo dejo aquí, que me pierdo.

Cine
Lo cierto es que lo que sigue, no es en sí una noticia, pero encaja perfectamente en el concepto de breve. Es la intervención de Raúl en la película Semen, una historia de amor, dirigida por Inés París y Daniela Fejerman. Lo cierto es que Raúl está presente a lo largo de toda la escena (abrid muy bien los ojos), pero tendréis que esperar al final para escuchar su linda vocecita. Espero que a pesar de la brevedad, os guste:

Molly Sweeney: en primera persona (III)


No hay dos sin tres. Y la tercera fue Beatriz (Aurora), que el día 24 de enero tuvo la oportunidad de ver a Raúl en Molly Sweeney. Ella ha querido compartir su impresión con todos nosotros, y las administradoras del blog agradecemos muchísimo su elaborada crónica. No os la perdáis:

Al llegar a la calle Martínez Izquierdo habiendo torcido curiosamente a la derecha, uno se encuentra con La Guindalera y cree confundirla con un portal de una casa particular. De hecho enfrente, entre construcciones más modernas hay una, eso sí, abandonada y que parece resistirse al paso del tiempo, que daría lugar a miles de historias de cuento al igual que la obra que iba a ver representada. Allí entre símbolos de la comunidad, uno se encuentra con ese recoveco que cualquiera confundiría con una vecindad tragada por los muros que la hubiesen hecho suyos, con su pasillo lleno de artículos que más bien podrían llamarse recuerdos empapelados, hasta llegar a la puerta interior. Y cuando lo cruzas parece que te metes en otro mundo y has abandonado por un momento el Madrid fantasmagóricamente extraño, por solitario, de esa tarde de sábado en la que un taxi te traslada a velocidad de vértigo.

Reconozco que en mi primera entrada no me fijé detenidamente en el lugar, quizás porque me encontraba sin creerme que ese allí se hiciera realidad frente a mí, y como suele ser normal no tuviese nada que ver con lo que uno se imagina, y por el frío que arropaba involuntariamente mis huesos; y así preguntamos por nuestra reserva y la hora a la que se podía ir antes de que abrieran la sala, reconociendo la voz del muchacho que elegantemente me había atendido por teléfono.

Hablando de teatro yo no soy una gran entendida, pero debe ser como los sueños, lo es, como las caretas que perennes observan triste y alegre juntas de la mano, como estas dos emociones durante toda la vida, en este caso encima de una puerta, invitándote a observar su combinación una vez traspasas la sala y averiguar si esto te puede producir algo dentro de ti.

Al entrar lo primero que te pasa por la cabeza es la palabra chocante, cinco filas (quien dice cinco dice cuatro, seis...) eso sí, anchas pero en las que casi te das codo con codo con tu acompañante y observas con curiosidad como, con un detalle que dice mucho, esperan hasta que acoplan a una pareja en un lateral aunque la obra tenga que esperar. Y de pronto la negrura te envuelve, y ves a tres figuras desdibujadas colocarse cada una en una silla hasta que empieza el monólogo de una mujer. Y luego descubres a los otros actores acompañándola en su bestial interpretación y a Raúl lo miras como si no estuviese pasando, moviendo sus piernas nerviosamente y mascando ostentosamente con su mandíbula en su silla, hablando a toda pastilla y con su gran coletilla, traspasando con la mirada el silencio, y es que los sentimientos buscan un reposo en los ojos, y ellos lo saben y por eso aunque sea en pocas ocasiones se acercan a que seas partícipe de lo que sienten, como una vez en que se colocó delante de mí y durante varias frases no dejó de observarme, a escasos palmos, entre todos los demás, y comprendes que nunca vas a vivir algo así de nuevo. O como cuando bailas a través de sus pies, o agarras a Molly, o en su esfuerzo por hacerle ver una manzana, o cuando le lleva unas flores, o como cuando dicen que ella camina erguida y él derrotado simplemente de un modo precioso.

Y después les aplaudes a rabiar y él realiza un gesto con la mano señalando a la izquierda, probablemente agradeciendo el trabajo de alguien más. Al salir lo observas y le abordas y le cuentas de donde has venido, y te da las gracias por el detalle de la carta, y te explica cosas de Brian Friel y de como de difícil es para Molly su situación, y dice un “sí hombre” cuando le preguntas por una foto y te invita a un trago. Y mientras eres partícipe de su atención y de unos de los ojos otra vez más expresivos que la menda ha visto en su vida. Te despides de él y te marchas calle abajo, y te das cuenta de algo que hace que los sueños también son grises, como la vida, y no en color. Fue como un arranque de golpe, de todas aquellas horas de espera preparando un momento que la memoria olvidará, la voz, las imágenes, pero no los sentidos.

La próxima vez que vea a Carlos Almansa en la televisión será un actor y su esfuerzo para creérmelo, y para mí siempre será aquellos segundos. Y eso es con lo que uno se queda, con lo que permanezca en su interior, aunque sean pequeños granos de arena que después se desperdigan sin que tú lo quieras. Es la magia de la actuación y la de saber que durante unos mínimos minutos esa persona te dedicó una agradable conversación.

Gracias Raúl

Molly Sweeney encandila a la crítica

El mes de diciembre se fue rebosando buenas críticas para Molly Sweeney, la obra teatral en la que Raúl Fernández se encuentra inmerso actualmente. Y es que no sólo la crónica de Ana y la crónica de Carol, habituales del blog que tuvieron la oportunidad de asistir a una de sus representaciones, estuvieron plagadas de elogios para el montaje teatral, sino que los profesionales se deshacen en halagos para la obra, para la dirección y para sus protagonistas.

Un ejemplo de ello es la interesante crítica que Gordon Craig publicaba el 16 de diciembre en el medio digital Soitu.es que os dejamos a continuación:

TEATRO. Molly Sweeney. "La identidad fracturada".


Cuán lejos está Molly del protagonista de En la ardiente oscuridad de Buero Vallejo. Y es que a diferencia de Ignacio, que no se resigna a aceptar su ceguera porque la considera una tara física, Molly Sweeney, invidente como él, parece haber asumido sin reservas esa condición y se ha construido un universo pleno, una identidad diferenciada, autónoma, que la permite ser perfectamente feliz. Así se nos muestra desde la obertura de la pieza, jubilosa, segura de sí misma y llena de entusiasmo y energía en la rememoración de su infancia y aprendizaje al lado de su padre en un impresionante monólogo que constituye toda una celebración de la vida y de la naturaleza.

El conflicto, empero, surge cuando irrumpen en su vida Frank, con el que se casará de inmediato, y el doctor Rice, otrora famoso cirujano que ha venido a establecer su consulta en el perdido pueblecito que ha visto crecer a la dulce Molly, y que se empeña, para satisfacer su -como él dice- “insana fantasía de médico”, en operar a la joven. Porque ¿por qué tendría ella que operarse? ¿No había interiorizado plenamente la realidad a través de sus otros sentidos y se había fabricado un mundo a su medida en el que cada cosa estaba en su lugar? ¿Es sólo condescendencia con los deseos de su marido, o acaso sueña, como Ignacio, con el hermoso espectáculo de la luz de un cielo estrellado, con abrir una nueva puerta al misterio de la naturaleza?

La obra no proporciona respuestas a todas estas preguntas aunque nos permite acceder al complicado proceso de toma de decisión de Molly y conjeturar la titánica lucha interior de la protagonista antes de ceder a las sugerencias de Frank y del doctor Rice para que se someta a la operación. ¡Qué espléndida manifestación de su rebeldía la virulencia y el frenesí con los que se entrega a la danza tradicional irlandesa en la fiesta que se organiza en su honor la noche antes de ser internada en la clínica! Y nos permite, también, vislumbrar la alegría momentánea, efímera, de su ingreso en el mundo de la luz y de las formas, y las primeras dificultades para atribuir un sentido a las imágenes que la inundan, que la aturden; y la frustración, después; y el pavor del exilio de su universo anterior y la desolación por la nostalgia, ... y la locura de una identidad fracturada.

Para relatar esta historia Brian Friel se sirve de una hábil traslación al teatro del estilo indirecto narrativo y lleva hasta sus últimas consecuencias la técnica perspectivista. Consigue así, desde esa multiplicidad de puntos de vista, enriquecer la percepción que los espectadores tenemos de los personajes y del conflicto, a la vez que provoca un raro efecto de extrañamiento que convierte la recepción en una suerte de proceso analítico sumamente estimulante. Se trata de un juego muy sutil al que el director los actores han sabido sacar todo su partido, o sea, todo su potencial dramático. El director, porque sin su talento para descubrir las líneas de fuerza de este texto complejo y deslumbrante y su rara morfología el montaje no habría sido viable. Los actores por su sensibilidad para captar y transmitir su atmósfera íntima y familiar, sus pizcas de humor, su fina ironía y su elevado vuelo poético, además de encarnar, naturalmente, cada uno de ellos a caracteres funcional y temperamentalmente muy diferentes.


Y no hay reservas en la valoración de estos tres consumados intérpretes, sólo admiración y gratitud porque su trabajo es espléndido, sobre todo el de la protagonista, María Pastor, en un papel que parece hecho a su medida. Ya hemos dado cuenta en párrafos precedentes de algunos momentos particularmente brillantes de su actuación, pero su trabajo no se agota en ellos sino que ilumina, en cada escena, con la modulación de su voz, con sus manos prodigiosas, con los imperceptibles cambios de su respiración anhelante o sosegada, cada uno de los rincones de la mente lúcida y perspicaz y del corazón noble y generoso de Molly Sweeney. Raúl Fernández compone a un pintoresco, vital y entrañable Frank, aturullado, vehemente, parece tener averiado el mecanismo de orientación de su sentido práctico, porque se embarca en inverosímiles aventuras destinadas al fracaso, entre ellas, su bienintencionado empeño en que Molly recobre la visión. José Maya encarna a las mil maravillas al doctor Rice, una vieja gloria de la medicina ahora venido a menos; es un tipo correcto y atildado que vive vuelto al pasado, aferrado a la nostalgia y aceptando a duras penas su derrota; le obsesiona la idea de redimirse de su fracaso, para lo que no dudará en utilizar a Molly.

Fuente


Y pongo otro ejemplo. Aún a riesgo de hacer esta entrada prácticamente interminable (creo que con ésta bato record), no me resisto a dejar un pequeño extracto de la crítica que Rafael González Tejel realizaba en la guía de ocio lacallemayor.net el día 26 de diciembre, en el que habla de las interpretaciones de los tres actores.


Cuando se descubren las consecuencias que la operación ha dejado en Molly la obra no desfallece. Ya está completamente solidificada, lista para exprimir todo su significado, para dejar volar el lirismo que impregna cada uno de los monólogos, tajadas de textos que se dicen y se sienten por actores, los tres, de oficio. Esa es la palabra. Cada uno se aventura por los derroteros técnicos que exige la compleja personalidad de su personaje. María Pastor se lleva la mejor parte con una interpretación magnética. Es una Molly que exterioriza todo lo que le pasa por dentro. Necesita hacerlo ante la convulsión provocada por un amor fulminante, el proceso preoperatorio y su desenlace. Raúl Fernández
lleva a Frank al otro lado del escenario, joven atolondrado que no ha hallado el sitio que le corresponde, lleno de tantas buenas intenciones como temeroso de asumir responsabilidades. La seriedad la pone el doctor Rice, otro rol afilado el construido por Fiel y trabajado con solvencia por José Maya. Una terna que ilumina al arrebatador personaje central y que constata que el éxito, como concluye el actor José Sancho en las memorias que acaba de publicar, ‘Bambalinas de cartón’, se mide por lo a gusto que uno está con su vida y no por lo lejos que haya llegado.

Fuente

Crítica y público coinciden, Molly Sweeney engrandece el género teatral. Y lo mejor es que aún se puede disfrutar de ella durante unos pocos días más; hasta el 6 de enero está en cartel en la sala de teatro de La Guindalera.

Molly Sweeney: en primera persona (II)

Si el otro día os trajimos de las impresiones de Ana sobre Molly Sweeney, hoy es Carol (Luna), “comentarista habitual” de este blog y del foro, la que toma la palabra a través de esta crónica de su visita a La Guindalera. No me digáis que leyéndolas a ambas no os dan unas ganas tremendas de ir para allá volando.

Mientras estaba leyendo la crónica de Ana, revivía esos momentos, los de angustia por la tos, y los de absoluta admiración por la obra, las interpretaciones, Raúl... Me quedé atontada con él (más de lo que ya estaba por el resfriado) fue increíble tenerlo tan cerca interpretando ese papel tan difícil porque el texto lo decía súper rápido no sé como no se le trababa la lengua. Cuando se puso a bailar ahí ya me mató jeje que ritmo tiene :)

Sentadas en primera fila, cuando vimos aparecer a Raúl, al menos a mi me puso nerviosa, pensé, “pero míralo si está ahí mismo” Después de mi ataque de tos, que vergüenza me dio, estuve toda la obra haciendo lo posible para no volver a toser, y lo conseguí. Como dijo Ana, las fermarias tendrían que estar aquí, pues bien yo que soy fermaria, ferminista pero sobre todo raulista, os diré que no os lo podéis perder, disfrutaréis muchísimo y pasareis uno de los mejores ratos de vuestra vida, porque a parte de estar en presencia de ese pedazo de actor que es Raúl, disfrutaréis de una magnifica Maria Pastor que hace el papel de Molly, ambos acompañados de José Maya que hace del Dr. Rice.

Este ultimo se nos acerco a nosotras nada mas salir, me pidió disculpas por si me había sentado mal que me hubiera dicho lo del jarabe en plena obra, a mi no me sentó mal la verdad, sobre todo porque me di cuenta que lo había hecho de buena fe, aunque de eso me di cuenta en ese momento, cuando me lo dijo en la obra me sentí avergonzada. Se quedó hablando con nosotras un rato y luego se fue a saludar a otra gente, muy buena gente el hombre y gran actor también.

Llegó el momento que había estado esperado durante un mes desde que supe que iría a verlo, conocer a Raúl, cuando se acercó, me dio dos besos y me preguntó que si me habían dado ya el jarabe jeje que majo, me disculpé otra vez por lo de la tos pero nos dijo que suele pasar, que no me preocupara. Le dije que venia de Sevilla pa verlo y me dijo "de Sevilla" con cara de asombrado lo que no le dije que fui a verlo a pesar de que aquella tarde había tenido fiebre y todo, pero nada me iba a impedir ir a verlo. Después nos hicimos una foto con él, que cada vez que la miro se me pone cara de tonta jeje Fue muy buena gente, muy amable hablando con nosotras, explicándoles a mis padres que la compañía llevaba ya muchos años funcionando y demás.


Aunque no vivo en Madrid me he hecho una promesa a mi misma, que cada vez que estrene una obra, voy a verlo, me gustaría ir a ver todas las obras de La Guindalera, pero como la economía no me deja, solo iré a las de Raúl, alguien se apunta??? Prometo no toser la próxima vez.

Molly Sweeney, os la recomiendo, es teatro en estado puro.

Molly Sweeney: en primera persona.

Normalmente, somos nosotras las que dejamos aquí nuestra opinión sobre el trabajo de Raúl.
Hoy os traemos la crónica de Ana, administradora de www.elinternadoweb.com que tuvo la oportunidad de asistir anoche a la representación de Molly Sweeney en la sala Guindalera, junto con Carolina, otra chica del foro.
Leyéndolas, dan una envidia que no podemos soportarlo, ¿a que sí? :P



Si podéis, no perdáis la oportunidad de ver a Raúl a medio metro INTERPRETANDO. Ya ni siquiera verlo a medio metro y hablar, sino verlo interpretando porque os juro que eso si que es orgásmico hasta para mi... De verdad... La obra, espectacular como ya os dije, me encantó... Al principio pensé, que poco decorado y que pequeñito el "teatro" pero es que luego... Bueno, es que no les hace falta nada más, de verdad, con eso están más que servidos, porque el resto lo llenan todo ellos...

Los tres actores, espectaculares. El "teatro" es mini, los asientos son como una grada y la primera fila (donde nos sentamos Carolina y yo) está a la misma altura que el escenario, porque es el mismo suelo. Los actores cuando están sentados están a metro y medio de tí, cuando estàn de pie, están a medio metro de ti. Los tienes ahí, los sientes y parece que estés metido en la obra. Raúl es acojonante, ya lo sabemos, tenéis que verla en serio... No he parado de acordarme de las fermarias porque cuando lo tenía a medio metro de mi, actuando pensaba "Joder, estas tenían que estar ocupando la primera fila" de verdad. Yo si alguna se decide a venir en Reyes que yo estoy aquí, vamos, me apunto de nuevo porque me ha encantado... Raúl medio bailando salsa, hablando super rápido en plan esta gente rara que de tanto que corren hablando se les traba la lengua, bueno, FABULOSO. Y la actriz... Buaaaaaa... ESPECTACULAR... No tengo palabras.

Al principio de la obra (Carolina y yo estamos malas, con tos...) le dió un pedazo de ataque de tos a Carolina, pobrecilla, porque se estaba poniendo más nerviosa de ver que estaba tosiendo mientras los actores hablaban y de repente, el actor que interpreta al médico dice "Si quieres tengo un jarabe dentro para la tos", lo dijo todo serio, claro, Carolina muerta de la vergüenza "No, no, lo siento, ya está" y aun siguió tosiendo un poco pero ya se le pasó y estuvo toda la obra con caramelo y agua para no toser más. Yo tosía (Un tosido seco, pero potente jajaja) de ves en cuando pero intentaba aguantar hasta que no hablaran o cosas así... La obra son 1 hora y 45 minutos, sin descanso, los tres ahí en escena, mano a mano, sin salir de ella, osea del tirón... Y algunos textos largos que yo no sé ni como no se confunden por muy buenos que sean y muchas interpretaciones que lleven de la misma obra, a mi me dejan acojonanda viéndoles xD

Estando cerca de mi casa La Guindalera, yo desde luego, voy a ir más a menudo porque me encantó... Bueno, pues lo mejor, termina la obra salimos fuera, te invitan a tomar un chupito mientras salen los actores a saludar a la gente y eso, y sale el actor que interpretaba al médico y empieza a buscar a alguien... ¿A quienes? A nosotras... Nos ve y viene directo a nosotras a pedirnos disculpas si su frase nos resultó ofensiva o algo, y nos muestra con la mano algo... ¿Qué era? El jarabe... jajajaja Nos dice que lo del jarabe era en serio (mientras nos lo enseñaba con la mano), que no se lo había dicho en plan a malas, pero que luego pensándolo igual nos habíamos pensado que lo había hecho a malas, o había parecido a otra cosa, pero que para nada. Que puede pasarnos a cualquiera y que de hecho él lo tiene por si acaso le pasa, echarse un trago y que se le pase... Bueno, el tío muy simpático estuvo hablando con nosotras y los padres de Carolina allí, le agradó mucho el saber que nos había encantado la obra y nada luego ya después de haber aclarado ese mal entendido, se fue a saludar al resto de gente...

Luego ya salió Raúl, mientras tanto nosotros estábamos comentando la obra, el tiempo de la obra sin descanso como podían bordarlo tanto, en fin... Cuando Raúl terminó de hablar con un grupo que había, me acerqué para llamarlo y me reconoció al instante con un "¡Hombre!" Me preguntó que qué tal y eso, y le presenté a Carolina y a sus padres. Se alegró mucho al enterarse de que Carolina venía de tan lejos a verlos y que nos hubiera gustado tanto la obra... Estaba contento con la marcha de la obra y le pedimos disculpas también por la tos y nada, dijo que no pasaba nada porque podía pasar y que siempre tienen a alguien entre el público que tiene tos... Y además es que en otro teatro grande, no se oye tanto si haces cualquier cosa, pero como eso es tan pequeñito y tan acojedor, es que abres la botella de agua y se oye jajajaja Porque además hay muchos silencios que te quedas ahí pensando "Dios, no te muevas que jodes el silencio de la obra" jajajaja

Y nada muy bien. Nos hicimos esas fotos con Raúl que accedió encantado y ya lo dejamos que fuera saludando al resto de la gente que había... La verdad es que hubo llenazo cuando al principio a Carolina le dijeron que posiblemente no llenarían ese día, pero luego parece que se animó la cosa y vino bastante gente... Y poquito más, que quien sea de Madrid y pueda ir, son 15 euros solamente y desde luego, merece la pena ver a Raúl en estado puro...

Molly Sweeney: Con los cinco sentidos

Hay quien considera el teatro un género frío. Es difícil de entender si tenemos en cuenta que uno comparte espacio con la historia que se nos quiere contar, con los actores y sus personajes y con el lugar que éstos habitan.
Aún así, hay quien piensa que la distancia que separa las butacas de ése escenario es insalvable; y ve el atrezzo como un material frío e inanimado.

Por otro lado, hay un gran número de personas que ven el teatro como algo aburrido, y que todavía piensa que sólo se programan obras de ésos clásicos que te forzaban a leer en el colegio y a los que odias con todas tus fuerzas desde entonces.

Molly Sweeney, o cualquier otra obra de las que lleva adelante Juan Pastor, deberían recetarse como medicina para estos males. Yo, que no soy ni crítica teatral ni nada que se le parezca, y que ni siquiera he tenido la oportunidad de ver la obra, sé que me encantaría hacerlo. Porque cuando uno lee lo que la gente que sí ha estado allí escribe sobre ella, es fácil hacerse una idea de qué pasa durante la representación de Molly Sweeney.

Dice Juan Ignacio García Garzón en el ABC que cuando uno sale de la sala Guindalera, lo hace con el ánimo reconfortado, con la sensación de haber participado en una experiencia lustral.

PARTICIPADO. Cuando leí la crítica, me quedé con ésa palabra.
Uno no llega, ve la obra, y se va; sino que toma parte en ella con todos los sentidos.

La vista se regodea en la capacidad interpretativa de sus actores: María Pastor, eje de Molly; Raúl Fernández y José Maya. Y si tienes la suficiente lucidez como para abstraerte de sus interpretaciones, entonces te encuentras con una escenografía sencilla, tenue, sin histrionismos, que agrada.

El oído se deleita ante un texto que se basa, sobre todo, en la superación personal; y en una ambientación musical que va de la mano con la escenografía menciona arriba: sutil, elegante, agradable.

Nuestro olfato descubre a qué huele la intimidad. La sala Guindalera es pequeña, la distancia entre público y actores inexistente, y el ambiente, propicio para crear una atmósfera íntima y única que te hace sentir partícipe de todo lo que está ocurriendo a tu alrededor.

El gusto recibe un regalo especial al final, cuando los actores brindan a tu lado con licor de guindas, llevando al extremo la idea de contacto entre unos y otros, destrozando ésa idea con la que empezaba este artículo: la frialdad del teatro.

Para terminar, el tacto agradece que, tras haber participado en la experiencia vital de Molly, puedas tocarla, tenerla cerca, estar a su lado. Preguntarle a Raúl, o a José, o a María, qué tiene la sala Guindalera que la hace tan especial.

La Guindalera


A medida que vas creciendo y abres los ojos a la realidad, observas que estamos viviendo en la época del interés económico. Los mayores dicen que también las épocas pasadas fueron así, y que el interés económico es lo que siempre movió el mundo. Es posible que fuera así, pero yo tengo la sensación de que el descaro con el que lo hace, es cada vez mayor. Esta es la época en la que se declaran guerras absurdas buscando llenar bolsillos, en la que tantas veces vemos primar la cantidad (sobre todo referida al montante económico) por encima de la calidad, y en la que, por poner un ejemplo más visible, las televisiones pagan cantidades exorbitantes a un conocido ex alcalde y ex convicto por “cantar” afinando más que su pantojil novia.

Por desgracia, el mundo de la interpretación también se ve contagiado por la “fiebre del euro”. Así, la televisión nos sorprende de vez en cuando con buenas series, pero la calidad no garantiza su permanencia en pantalla; la competencia televisiva es tan feroz que una buena parte de ellas se caen de las parrillas en los primeros capítulos.

El séptimo arte también nos regala alguna vez pequeñas joyas. A veces, generalmente cuando vienen de la mano de algún maestro reconocido, pueden convertirse en grandes taquillazos, pero la realidad es que hay otras muchas joyas sin tanta suerte, que viven escondidas en salas de escasa popularidad y caja limitada, mientras el llamado cine comercial invade sin piedad las carteleras de los grandes cines. Un equivalente a estas pequeñas salas, pero en el ámbito teatral, es la sala de la compañía La Guindalera, de la que Raúl Fernández forma parte como actor.

La compañía selecciona siempre montajes de calidad para representar en su sala de tan sólo unas pocas localidades, así que los aficionados al teatro han tenido la oportunidad de ver a Raúl en proyectos sumamente interesantes.

A lo largo de su breve historia, La Guindalera ha rescatado textos clásicos; Cervantes y Shakespeare han sido algunos de sus elegidos. Así, pudimos ver a Raúl convertido en el joven Manfredo, vacilante entre el amor de dos mujeres, en el montaje Laberinto de amor de Miguel de Cervantes.

De la experimentación con el teatro clásico surge En torno a La gaviota de Anton Chéjov. Esta vez Raúl defiende el papel de un actor que encarna al personaje de Treplev, hombre que curiosamente explora nuevas formas de arte que resultan poco exitosas, frente al arte más convencional que siempre consigue el favor del público. ¿No representa Treplev con su búsqueda de savia nueva, lo que intenta hacer La Guindalera?

Si indagamos en su historia, no cabe duda de que esta compañía teatral también ha sabido escoger obras de autores más recientes, pero con trayectorias y reconocimientos tales, que pueden incluirse ya entre los clásicos. Traición de Harold Pinter, de la que hablamos largo y tendido en una entrada anterior, y La larga cena de Navidad de Thornton Wilder en la que Raúl interpreta a Tino, un hombre egoísta e incapaz de entenderse con sus hijos, son dos claros ejemplos de ello.

Fuera de los clásicos, pero no del todo desligada de ellos, La Guindalera montó la comedia Odio a Hamlet de Paul Rudnick. Raúl es en esta ocasión Andrew, un joven actor que duda entre representar un clásico, Hamlet, que lo enriquecerá interpretativamente, o aceptar un papel en una serie de televisión mediocre, que le reportará fama y dinero. De esta manera, a Andrew se le plantea la gran duda: ¿cantidad (de dinero) o calidad (de trabajo)?

Actualmente La Guindalera se encuentra inmersa en las representaciones de un ciclo de Brian Field, y nuevamente ha contado con Raúl para este proyecto. Así, de viernes a domingo podemos verlo en Molly Sweeney metido en el papel de Frank, el persuasivo marido de Molly, que tiene la convicción de que es necesario aprovechar la oportunidad de que su mujer, ciega de nacimiento, sea operada para recuperar la vista. Si tenéis ocasión y os gusta el teatro que se aleja de lo comercial para explorar más a fondo las emociones humanas, no dudéis en acercaros a verla.

Raúl y María: De Wilder a Friel

No, no me he hecho un lío. No estoy mezclando churras con merinas ni actores con personajes. Hoy ni siquiera voy a hablar de la tele.
Voy a hablar de ese género al que Raúl califica de “madre”: el teatro.
Y de un tándem extraordinario que lleva desde 2004 regalando al público su talento desde la compañía Guindalera: nuestro Raúl Fernández y esa perla rara e injustamente desconocida que se llama María Pastor.
Este artículo no pretende ser más que un breve repaso por la trayectoria compartida de ambos, y un leve vistazo a lo que la crítica ha dicho de ellos. Ahora mismo, comparten escenario en “Molly Sweeney” pero Raúl y María, no son, ni mucho menos, dos desconocidos mutuos.

Su primer trabajo juntos fue en 2004, en la obra de Thornton Wilder “La larga cena de Navidad”, una obra sobre la fugacidad de la vida y el paso del tiempo.
Un año después llegó “Laberinto de amor”, un montaje caballeresco, irónico y colorista que se acerca al musical y al cómic, cosa harto difícil si tenemos en cuenta que el autor de la obra es, ni más que ni menos, que Cervantes.

Ése mismo año, 2005, nos trae “En torno a la gaviota”, de Chèjov, una de los montajes de la compañía que más y mejores críticas ha recibido. En esta ocasión, Raúl encarna a Treplev, un hombre enamorado de Nina (María Pastor), que a su vez ama a un tercero en discordia: Trigorin. En el ABC dijeron de ellos que María bordaba la fresca fragilidad de Nina, mientras que Raúl iluminaba la tormentosa vehemencia de Treplev.
También se resaltaba la naturalidad de los seis actores que conformaban la obra, su sobriedad y la capacidad de imprimir cierta intimidad en la sala.

Raúl y María vuelven a encontrarse sobre las tablas en 2006, siempre a las órdenes de Juan Pastor, en el montaje “Odio a Hamlet”, una comedia que se cuestiona si a día de hoy, Shakespeare sigue o no interesando a la gente.

En 2007, llega a la sala Guindalera “Traición”, de Harold Pinter. María Pastor interpreta a Emma, cuyo matrimonio con Jerry (Raúl) derivará en mil y una traiciones que no se limitan a lo afectivo. Ansón, en el ABC, califica de eficaz la interpretación de Raúl y se deshace en halagos para María, de quien dice que ejecuta su papel con rara perfección.
Por su parte, Torcuato Luca de Tena califica la primera parte de la obra, en la que Jerry y Emma se reencuentran dos años después de terminar su relación, como la mejor del montaje.

Desde el pasado uno de noviembre, ya podemos disfrutar de la hasta el momento última puesta en escena con el sello Guindalera y con María y Raúl al frente: “Molly Sweeney”, de Brian Friel. Molly (María), ciega de nacimiento, tiene la oportunidad de recuperar la visión y Frank (Raúl), su esposo, la anima a intentarlo. Pero al hacerlo, Molly pierde en cierta forma la cordura, al ver que su antigua visión del mundo no coincide con lo que ve.

Queda patente que Raúl y María han pasado, durante estos años, por todos los géneros, del drama a la comedia, y que han salido más que airosos del intento. Veremos qué dice la crítica de “Molly Sweeney”, o si alguna de nosotras tiene la oportunidad de poder verle sobre las tablas. Que me perdonen los señores críticos, pero me fío más de mi propio criterio…